Microrrelatos

El inventario de los condenados

Hay cosas que es mejor no desenterrar. Deseos que nunca conviene formular y puertas que no deberían abrirse.

El inventario de los condenados reúne microrrelatos góticos y de terror donde lo sobrenatural irrumpe en lo cotidiano: la intimidad familiar, los objetos que sobreviven a sus dueños, los secretos heredados o los pliegues del cuerpo, el deseo y la memoria.

Entre lo macabro y lo fantástico, estas historias enfrentan a sus personajes con fuerzas que no comprenden y, casi siempre, con las consecuencias de sus propias decisiones. Aquí el pasado se resiste a desaparecer, la muerte rara vez representa un final y lo doméstico revela una dimensión siniestra en apenas unas líneas.

Con un enfoque contemporáneo de la tradición gótica, esta obra ofrece un recorrido por pequeñas tragedias y pesadillas donde cada relato abre una grieta hacia lo inquietante.

Porque algunos condenados todavía no saben que ya forman parte del inventario.

La colección completa se publicará a comienzos del 2027

La consagración – Rodrigo Eker

Era la primera vez que los primos ingresaban al gimnasio del abuelo. La vetusta estancia, hasta entonces acaparada por el difunto, había sido heredada de generación en generación. Era un santuario a la virilidad, un legado que todos los hombres de la estirpe transitaban al culminar la adolescencia. En esa familia no se criaban hijos, sino herederos. El ritual era el mismo de siempre: una pelea brutal, sin público ni árbitro, que coronaría al sucesor del imperio comercial de la familia. Ambos primos, el rubio y el morocho, en la arrogante plenitud de sus veintitantos, ansiaban demostrar la potencia de sus cuerpos moldeados con disciplina ascética: hombros tensos como vigas, pechos de mármol sólido, feroces muslos ensanchados y brazos de hierro fundido. El sudor caía por las frentes, los nervios se crispaban rápidamente y el instinto de los dos gritaba por la negativa. Pero la tradición debía ser respetada y el destino de ambos, una vez terminado el funeral, había quedado sellado para siempre.

El combate se inició sin palabras. El cariño fraternal de una adolescencia inseparable desapareció en las miradas animalísticas con que se estudiaron mutuamente. Sabían de memoria las reglas de la pelea: guantes de cuero, shorts deportivos, ningún código de honor. Todo estaba permitido, ya que sólo el heredero debía quedar en pie. El primero en avanzar dio un puñetazo en la nuca. Fue respondido con una brutal patada que se hundió en sus testículos. Siguieron crueles rodillazos al hígado, piquetes en los ojos, codazos ascendentes a la tráquea y puñetazos rabiosos en la boca del estómago. Dominación, descendencia, voz, clarividencia. Se atacaron con saña, como dos seres primitivos hundidos en la violencia ritualística de un mandato ancestral. El suelo del ring, gastado por siglos de combates, absorbió las cascadas de sangre como sacrificio fértil.

Finalmente, cuando las luces del alba se filtraron por las ventanas tapeadas, uno de los primos cayó de espaldas. Los ojos abiertos del morocho, que ya no miraban, quedaron fijados en su rubio contrincante. El vencedor, tembloroso, alzó brevemente el cuerpo límpido con sus músculos de hierro. Esperó en vano una absolución que no llegaría. La soledad ardió en su pecho y el arrepentimiento le humedeció los ojos. No había nadie más en el gimnasio, sólo él, el cadáver y el abrumador aroma a madera podrida y testosterona. Pero reglas eran reglas y ahora le tocaba marchar hacia su coronación. 

Cuando salió a la calle, los vecinos -que nada habían presenciado- lo recibieron con una deferencia especial, como el príncipe que había retornado del exilio. El peso invisible de la corona le hizo flaquear las piernas. Sintió la urgencia de girar y contemplar el cadáver de su viejo amigo, en aquel ring que vio morir a todo un linaje. Pero estaba vacío. Los guantes colgaban en la pared, aún húmedos, absorbiendo lentamente la sangre derramada, reclamando el tributo que sólo volvería a repetirse con la llegada de una nueva generación.

La cuenta regresiva – Rodrigo Éker

La frase «dulce o truco» crispaba los nervios del hombre cada vez que los niños la pronunciaban cuando les abría la puerta. Todos los años se repetía la misma rutina para la noche de Halloween: dejaba que Ignacio saliera con sus amigos a pedir golosinas mientras él se quedaba en casa a esperar que el desfile de disfraces se terminara rápido. Había odiado la celebración desde que era chico y sentía un rechazo instintivo hacia aquel bestiario de plástico: calabazas, esqueletos y fantasmas que invadían el barrio. Su padre, un insoportable déspota, lo había forzado a marchar casa por casa en busca de golosinas, pese a sus llantos y protestas. Más de un pervertido deslizó en su bolsa cosas repugnantes y quizás, por eso mismo, ahora acostumbraba a revisar uno por uno los dulces que Ignacio traía a casa.

Si por él fuera, hace tiempo habría prohibido los disfraces, las decoraciones, las películas de miedo y las excursiones del 31 de octubre. En sus manos, el Halloween estaría proscripto. Pero Ignacio insistía con festejarlo y su mujer, en vida, había logrado convencerlo de contentar los caprichos del niño. 

Esa noche, mientras el pequeño diablito salía con su tridente a recolectar golosinas en las casas aledañas, él acusaba la soledad de su viudez bebiendo whisky en la cocina. El silencio le ardía más que el alcohol. Los fantasmas y murciélagos que adornaban el alféizar le ponían los pelos de punta. Ni siquiera cuando el hijo volvió bañado en algarabía y le mostró el saco lleno de caramelos, fue capaz de borrar el aspecto taciturno de su mirada.

Le arrebató al niño la bolsa estampada de calabazas anaranjadas, hurgó en su interior y, como un tesorero del azúcar, fue tomando inventario de cada golosina ganada a fuerza de voluntad. Pero en medio de los chocolates y los regalices halló un objeto singular: un reloj de bolsillo, bañado en oro, que reconoció de inmediato. Miró a su hijo con terror acusatorio y le dijo: «¿Quién te dio esto?». Ignacio se encogió de hombros. Pero el hombre, horrorizado, dejó el artefacto sobre la mesa. Estaba cubierto de tierra, con el vidrio borroso y gastado. No había dudas: era el reloj que él mismo enterró con su padre, quince años atrás.

El aparato empezó a tickear entonces, sin que nadie le diera cuerda. La hora que mostró fue inaudita, un número marcado a fuego en su memoria. Había sido el instante del fallecimiento de su esposa. Con escalofríos y la garganta seca, observó cómo las agujas se movían al revés, haciendo una cuenta regresiva. Nadie tuvo que explicárselo y no se atrevió a cuestionarlo. Sintió que el aire se espesaba hasta asfixiarlo. Miró el rostro inocente de su hijo, mientras el sudor caía por su frente, dándose cuenta de que el objeto no marcaba el tiempo que pasaba, sino el que le quedaba.

El sello de autor – Rodrigo Éker

Desde hacía meses, Julián se sentaba frente a la máquina de escribir que halló en el ático sin producir más que líneas torpes y de mal gusto. Su novia cuestionaba el uso del anticuado dispositivo, rogándole que se consiguiera un ordenador moderno, pero Julián insistía en que su creatividad sólo fluía de manera analógica. Además, sostenía que un escritor debía volcar sangre, sudor y lágrimas. La esterilidad lo empujó al insomnio, la bebida y el tabaco. Cuando sus esperanzas se disolvieron en la amargura de su mediocridad, un inesperado auxilio apareció en su habitación, una madrugada de verano.

Era un manojo de hojas mecanografiadas, apiladas con prolija precisión, que contenían relatos magníficos, de una belleza y destreza que jamás se habría atribuido. ¿Las había escrito borracho? ¿Las había copiado de un libro olvidado? ¿Las produjo mientras estaba sonámbulo? Increpó a su novia y ella lo negó: nadie entraba en ese cuartucho miserable, probablemente fueron el resultado de su coma alcohólico. Julián sonrió extasiado. Corrió al editor y le rogó publicarlas. Éste cerró el trato y le ofreció unos billetes, suficientes para comer una semana más.

La noche siguiente encontró más cuentos, en las mismas circunstancias. Eran más perfectos aún. Buscó otro editor que le ofreció más billetes. Día tras día, fue vendiendo relatos inéditos, con la esperanza de que su talento les permitiría salir de la pobreza y la desesperación. Su novia estaba agradecida, pero evitaba mirarlo a los ojos. Parecían tocados por una bendición de inefable procedencia.

Sin embargo, un día que volvió del trabajo y halló una nueva pila de textos en el escritorio, notó que al final aparecía una firma manuscrita que no reconoció. «Naberius»  leyó, en elegante cursiva. Furioso, tachó la rúbrica y publicó los cuentos. La siguiente tanda contenía el mismo nombre en caracteres refinados. Presa del pánico y la curiosidad, Julián decidió permanecer despierto y sobrio aquella noche, atento a lo que pudiera suceder.

Para su sorpresa, el artefacto se accionó a las tres de la mañana. Escuchó el tiqueo desde su cama y corrió al estudio en pijamas, listo para sorprender al intruso en plena oscuridad. Pero, al encender la luz, vio que la habitación estaba vacía. Las palabras se imprimían en el papel sin escritor presente. Y, al final de la página, se leía la terrible firma. «Naberius».

Horrorizado, arrancó la hoja de la máquina, pero una presión fuerte y cálida sobre la muñeca lo detuvo, como una mano invisible. Su corazón se calmó entonces. Sintió el aire caliente en la mejilla como una caricia. Se sentó y leyó los cuentos, obnubilado por el aroma a tinta y azufre. Comprendió instintivamente las condiciones del pacto. Recibiría el talento, la fama y la fortuna deseados, siempre y cuando aceptara que los textos no le pertenecían. Respiró hondo y, en voz queda, pronunció las palabras de aceptación. Luego se miró en el reflejo del espejo. Sonrió con orgullo, percatándose de que los ojos que le devolvían la mirada ya no eran los suyos.

La dote de la difunta – Rodrigo Éker

El matrimonio fue discreto y repentino. Era necesario, para las dos familias, mantener una apariencia de distinción que la realidad había extinguido. Para don Maximiliano, representaba una manera de restaurar la gloria y nobleza de su apellido. En cambio, para Sofía Infantado, significó la oportunidad de recuperar su posición perdida en la alta sociedad bonarense. Ambos, movidos por el interés, organizaron una boda sin ostentación cuyo cierre, ya finalizado el banquete, fue el intercambio de regalos entre los prometidos. 

El flamante esposo le entregó a Sofía un cofre de nogal pulido, con exquisitos arabescos y un elegante herraje de bronce. Le había pertenecido a la primera esposa de Maximiliano, fallecida en inexplicables circunstancias. Había sido parte de su dote y, como extensión del hombre que había escogido, ahora era propiedad de ella. Sofía, por su parte, le ofreció al marido una frágil promesa de riquezas que difícilmente podía cumplir.

Esa noche, apenas se mudaron a la mansión, Sofia abrió el cofre. Se hallaba sola, en una habitación empedrada a la que solo se accedía a través de pasillos sombríos decorados con tapices ancestrales. Dentro del baúl encontró viejos pero opulentos vestidos de fina seda, antiguas cartas de amor sin destinatario y un camafeo con el retrato de una mujer cuya mirada, para su sorpresa, no era tan disímil a la suya. Se sintió la invasora de una intimidad ajena. Horrorizada, devolvió todo al cofre. «No me pertenece», se dijo, «nada de esto me pertenece».

Sumida en la ansiedad, dio incesantes vueltas por la habitación. Aguardó el regreso de Maximiliano, deseando echarle en cara la broma cruel que le había jugado. Sin embargo, la soledad y el tedio le hicieron irresistible el tesoro que tenía delante y, sin que nadie se lo pidiese, se colocó los vestidos, leyó las cartas y recorrió los pasillos como si la casa fuese suya. Cuando su marido llegó, su enojo había desaparecido.

Los siguientes días obraron en ella una transformación que no pasó inadvertida. Caminaba con un nuevo porte, reía de manera distinta, los empleados empezaban a confundir su nombre y hasta el propio Maximiliano la miraba de reojo, con una expresión ambigua que le causaba escalofríos. Hacia el final de la semana, su voz se volvió más fina, su corazón se vio alterado y, pese a que deseó marcharse de la mansión, nunca pudo alejarse de su habitación ni de las proximidades del cofre. Su disposición fue decayendo y, de un momento a otro, nadie volvió a verla. 

La mañana en que los empleados forzaron la puerta de la habitación, encontraron el cofre vacío y a don Maximiliano vestido de luto, sentado en la cama. «¿Otra vez?»  preguntó el críado. «Otra vez»  asintió el hombre. Pocos días después, anunció un nuevo compromiso. El cofre estaba preparado para la nueva novia. Escogió una muchacha muy bella, de una familia aristocrática con la que su linaje tenía las mismas cuentas pendientes que habían tenido con los Infantado.  

Un vampiro en el internado – Rodrigo Éker

El colegio universitario San Andrés para varones católicos era un sitio lóbrego, que buscaba moldear, a fuerza de disciplina, a jóvenes insubordinados para forjarlos como hombres. En sus aulas se enseñaban ciencias exactas (ingeniería y matemáticas) y rudeza deportiva: fútbol, remo, natación, artes marciales. De lunes a viernes, en uniformes de vestir y corbatas, los internos se aplicaban a la intelectualidad. Los sábados, al rudo perfeccionamiento del cuerpo. Y los domingos, a la culpa y la represión.

Cuando el nuevo estudiante, Etienne, llegó de intercambio desde Francia, causó un gran revuelo entre sus pares. Era pálido, de facciones delicadas y muy solitario. Se movía con una calma que inquietaba. Sin embargo, era dueño de un magnetismo que dirigía todas las miradas hacia él. Los estudiantes lo observaban desde lejos, debatiéndose -entre cuchicheos- si debían incluirlo en sus círculos de amigos.

Tomás fue el primero en acercarse, fascinado por el aura despreocupada que emanaba del recién llegado. Tuvieron una charla muy amistosa. Etienne era gracioso y extremadamente elocuente para su edad. Bastaron unas palabras con las autoridades para que ambos se transformaran en compañeros de cuarto y, eventualmente, en buenos amigos.

Luego empezaron los rumores: que nunca comía en el comedor, que caminaba por los pasillos a horas indebidas y, especialmente, que no asistía a misa. Tomás ignoraba las cosas que decían los muchachos. Le gustaba charlar con Etienne después de clase. Sí le resultaba rara su falta de apetito. También le extrañaba que no practicara deportes.

Una tarde, cediendo a sus insistencias, Etienne lo acompañó a hacer remo. Demostró una gran habilidad para ello. Cuando volvieron al cuarto y se cambiaron para cenar, un singular embotamiento se apoderó de Tomás. Empezó cuando el francés se quitó la remera y dejó a la vista un atletismo que ya no podía esconder. Tomás desvió la mirada. No era la primera vez que veía un torso desnudo, pero sí fue novedoso el escalofrío que subió por su espalda. La piel blanca y tersa de su compañero lo reclamaba. 

«Acercate» susurró Etienne. Su mirada magnética y su sonrisa perlada atrajeron al amigo sin oponer resistencia. Tomás se sintió embriagado. El pulso acelerado bajo la piel, la humedad del sudor, el aroma a pura masculinidad. Sus manos temblaron resistiéndose a tocar, y no tocó. Luego, de pronto, perdió el conocimiento. Despertó horas después, sin recordar lo que había sucedido.

Estos encuentros se repitieron todo el semestre. El interior de Tomás no quería admitir lo que su anatomía gritaba. Los desmayos se hicieron frecuentes. Pronto fue consumido por una languidez que lo dejó maltrecho y al borde del colapso. La enfermedad se esparció por el campus universitario, desconcertando a los doctores, dejando un puñado de internos marchitos, sin heridas ni marcas.

Cuando Etienne partió a Francia, satisfecho, los rumores continuaron. Muchos pensaban que era un vampiro. Pero él jamás había bebido una gota de sangre. Se alimentaba de algo mucho más abundante en San Andrés: el deseo reprimido que nadie se atrevía a pronunciar.

La heredera del pantano – Rodrigo Éker

La casa del General Romero, en los Pantanos del Iberá, era una maravilla colonial con tres siglos de historia. Cuando murió, su sobrina regresó a hacerse cargo de la finca. Impresionada por la vastedad del territorio, cercado por ciénagas y brumas, Valentina debatió con su esposo qué hacer con la plantación. El terreno apenas se sostenía, como en un limbo entre el agua y la tierra, y sería muy costoso mantenerlo. Tampoco ayudó que los lugareños les dedicaran miradas recelosas y evasivas. Demasiadas habladurías rodeaban a los Romero, leyendas sobre maldiciones e infortunios, como para no mantener una discreta distancia con los recién llegados.

Valentina era escéptica y, pese a las advertencias, determinó que se instalaría de inmediato en la estancia. La noche de la mudanza, antes de recostarse en la hamaca del pórtico bajo la luna para escuchar el chirrido de los grillos, ella y Rodolfo se besaron y se prometieron que comenzarían un nuevo capítulo. No más problemas económicos en Buenos Aires. No más ambientes laborales tóxicos. Había llegado el momento de su merecida prosperidad.

No obstante, los inconvenientes aparecieron la noche siguiente a su llegada. Un rumor acuoso, gorgoteando bajo los cimientos, los despertó de madrugada. Hallaron huellas húmedas en los corredores que llevaban al pórtico, pero no descubrieron a nadie. Durante cuatro días y cuatro noches, el acoso se repitió, perturbando el frágil descanso de la pareja.

Rodolfo intentó explicarlo todo con paciencia metódica. Revisó los pilotes, examinó las junturas del piso y hasta trazó en un cuaderno un croquis de los corredores donde aparecían las huellas. Pero, al cuarto amanecer, comenzó a dejar una lámpara encendida junto a la cama.

Cuando buscaron respuestas en la ruinosa biblioteca del General, descubrieron tomos enteros de crónicas familiares, que se remontaban a un siglo, relatando accidentes de caza, caídas fortuitas, desapariciones y raptos. Todos habían sido Romero. Ningún cuerpo había sido hallado. Rodolfo cerró el libro sin decir nada.

La decimotercera noche, Valentina dejó al miedoso marido en su cama y salió a caminar a solas por el humedal, siguiendo el zumbido de las libélulas, en actitud reflexiva. Al llegar al terreno abrazado por la neblina, sintió una atracción difícil de explicar. Sus botas se hundieron en el barro, que cedió con docilidad. El frío ascendió por las piernas. El viento mecía las hojas del sauce como un susurro musical. Y, al cabo de unos minutos, el agua estuvo calma. Nadie volvió a verla.

A pesar del escándalo, ningún pueblerino se extrañó de lo ocurrido. Llenaron al  viudo de pésames y gladiolos, pero mantuvieron la distancia. Tampoco se sorprendieron cuando, cinco días después, Rodolfo desapareció y un rastro húmedo de botas femeninas fue hallado en el pórtico de la mansión. Por el contrario, cada vez que las aguas nocturnas se agitaban sin viento, y gritaban los chajás, los lugareños inclinaban la cabeza en reconocimiento. Decían que el pantano había aceptado a los nuevos inquilinos y aguardaría, bajo la luz de las estrellas, a los próximos herederos.

La muerte en la mesa redonda – Rodrigo Éker

La Feria de Carnaval había llegado a la provincia hacía pocos días. Con sus luces iridiscentes, su música circense y sus coloridas atracciones, generaba intriga y fascinación. Los aventureros ahogaban en ella sus penas y se sumergían en esotéricas distracciones. 

La carpa del adivino, de violeta oscuro, se hallaba al final de un camino de grava, parcialmente oculta por árboles y sombras. Era un negocio familiar, comandado por un matrimonio: la mujer se encargaba de las finanzas y el hombre, en un sillón de terciopelo rojo frente a una mesa redonda, atendía a los clientes. «Sos una cara bonita», lo justificaba la mujer, «la gente confía en los hombres apuestos».

Una noche húmeda, tras la tormenta, Santiago distinguió el cartel: «Lecturas de tarot. Hechizos de atracción. Predicciones.»  Pagó el ticket y entró en la carpa. Lo aguardaba el adivino, vistiendo un turbante de terciopelo y una escotada camisa de raso, sonriéndole con una misteriosa mueca de reconocimiento. «¿En qué puedo ayudarle, joven?» dijo.

Santiago narró sus predicamentos. Acababan de romperle el corazón, había tenido que abandonar sus estudios y su madre se hallaba muy enferma. «No creo en estas cosas» añadió el muchacho. «No necesitás creer» respondió el adivino «es suficiente con desearlo». Sabía que la magia funcionaba mejor cuando el otro creía. Había un carisma místico en su voz que le otorgaba a sus actos un halo de verosimilitud. Santiago quedó desarmado.

El adivino le tiró las cartas de tarot. Eran todas buenas noticias. Su corazón sanaría, retomaría su carrera, encontraría un nuevo amor y mamá saldría bien de la cirugía. Aliviado, Santiago abrazó al hombre. «¿Qué hay de los hechizos?» preguntó. «¿Qué hay con ellos?». «¿Podrías enseñarme alguno?». Accedió con gusto. Le explicó cómo atraer fortuna, sostener amistades e, incluso, cómo hacer un hechizo de amor. Una vela roja, un nombre en tinta fresca, un hilo anudado tres veces y solemnes frases en un idioma extinto. Santiago agradeció.

Era el último día de la Feria. Cuando comenzó a desmontarse, el adivino se negó a partir. «Este lugar es distinto», dijo. Su mujer no discutió: recogió las cuentas, dobló la carpa y lo miró como a un hombre que ya no reconocía. «Ésta será tu perdición», murmuró antes de irse. 

En su cuarto de hotel, el adivino se revolvió en la cama, tuvo pesadillas, transpiró profusamente y la tormenta, cuya violencia se había acrecentado, lo despertó de madrugada. Sabía que algo lo estaba reteniendo. Tiró sus propias cartas y se estremeció al descubrir al esqueleto pétreo que le devolvió la mirada. La muerte.

Desesperado, revolvió todos los objetos mientras la necesidad quemaba sus entrañas, hasta que el destello de un relámpago le devolvió su reflejo pálido. Comprendió que el hechizo se había cumplido. Santiago había seguido cada instrucción. La vela roja. El nombre. El hilo anudado tres veces. El amor invocado lo había elegido a él. No fue un mero cliente. Era su amo. Y la cara bonita, atada a un nuevo dueño, ya no podría leer su propio destino.

La luz en el limonero – Rodrigo Éker

Lucía sintió la incomodidad desde el momento en que se llegó a la nueva casa. Se dijo a sí misma que tenía que ver con la separación. Había llorado al firmar el divorcio y con sus pocos ahorros pagó la mudanza. Su madre creía que había perdido el juicio yéndose sola a esa casona en Potrero de los Funes, rodeada de baldíos. Pero era feliz con el paisaje y la aliviaba no estar acompañada por su asfixiante marido. Su patio lindaba con los cerros y, del otro lado, con una poética mirada al lago.

Sin embargo, el nuevo entorno tenía la contracara de alentar su imaginación. Cada crujido de las vigas, las cañerías o las baldosas provocaba una sensación de acecho, como si la observaran. A veces se preguntaba si su ex tenía razón y su imaginación era una enfermedad silenciosa. Durante el día, era fácil desvanecer los miedos con películas, música, cocinando o llamando a sus amigas. Pero por las noches era otra historia, especialmente cuando aparecieron las luces.

La primera vez, recostada en su cama en el primer piso, pensó que se trataba de un relámpago o una luciérnaga. Pero cuando el temblor titilante la despertó en medio de la noche y se asomó por las cortinas de gasa, notó que tenían un origen muy particular. Venían de la zona donde estaban plantados los limoneros, al fondo del patio, sobre los viejos escombros de la casa. Siempre le incomodó que los limoneros crecieran sobre los escombros, como si algo hubiera sido tapado demasiado rápido.

Afinando la vista en la oscuridad, entendió que se trataba de una linterna. La reja era alta, pero no imposible de escalar. Quizás fuera un vecino. La luz no recorría el patio al azar. Se detenía. Como si supiera exactamente dónde mirar. Decidió no confrontar, apagó las luces y siguió observando. La luz ya no se enfocaba en la casa, sino en el suelo, como si marcara algo. Se repitió la noche siguiente. A la tercera, juntó el coraje y cruzó el patio con una escoba, siguiendo el haz titilante. Pero cuando se aproximó a la luz, ésta se apagó de pronto. Sólo halló tierra húmeda, soledad y el chirrido de los grillos. 

A la mañana siguiente, la despertó el timbre. La policía estaba a su puerta. Habían encontrado restos humanos en su patio, frescos y recientes, cerca de los limoneros. Debía ir de inmediato a la comisaría. Lucía juró que no sabía nada. No quisieron escucharla cuando contó lo de las luces. En el patrullero, un oficial mencionó una denuncia anónima que les había indicado dónde cavar. 

Esa noche, luego de un día infernal de interrogatorios, mientras la patrulla la llevaba de vuelta a su propiedad, Lucía contempló la casa desde la distancia y distinguió la luz que volvió a encenderse. Provenía, otra vez, de los limoneros. Esta vez, señalaba directamente a la ventana de su dormitorio. Comprendió por fin quién había hecho la llamada anónima. Nunca había estado sola.

El único rojo posible – Rodrigo Éker

Cuando Leticia dio la última pincelada sobre la ceja de su marido, supo que aquel retrato sería el último. No tenía fuerzas para repetir la puesta en escena. Fabricio estuvo insoportable toda la mañana, peleándole por nimiedades, acusándola de crímenes imaginarios. Ella empezó el cuadro como un acto de amor hacia su compañero de vida. Pero ya estaba harta. Le requirió meses de duro esfuerzo captar correctamente su fisonomía.

Mientras ella pintaba, él rezongaba, criticando la negligencia de Leticia hacia el trabajo doméstico. Que se encerraba en el Estudio y descuidaba a la bebé. Que lo obligaba a pedir delivery porque no le cocinaba. Que ya no se arreglaba y vivía envuelta en trapos manchados de pintura. Los últimos días, la tensión fue sofocante.

¿Cómo era posible que, con apenas treinta años, ya se hubiera secado la última gota de romance de su nido de amor? Ella sólo sentía paz cuando conseguía que cerrara el pico y se quedara quieto, mirándola de frente, recordándole por qué la había enamorado en primer lugar. Sus ojos verdes transmitían una seriedad exquisita. Su cabello dorado brillaba bajo el mediodía. Sus labios insinuaban una pasión prohibida. Había días en que la miraba con una devoción casi infantil, como si temiera perderla. Y esa fragilidad lo hacía más difícil de odiar.

Pero semejantes rasgos, esculpidos por los dioses del Olimpo, no bastaban para disimular su tiranía ni maquillaban los abusos a los que venía sometiéndola. Casi en actitud defensiva, ella se desquitó con el lienzo, con pinceladas agresivas que mezclaban óleo con resentimiento. Sus manos temblaron y el entrecejo se le frunció con el recuerdo del maltrato más reciente. Cuando hizo el último retoque, se convenció de que había culminado una obra maestra.

Fabricio, sin embargo, miró de reojo la pintura y, encogiéndose de hombros, dijo: «Podría ser mejor. Me has hecho verme muy ridículo». Y salió dando un portazo.

Ella lloró de rodillas en el piso. No sólo por el desprecio hacia su mejor obra, sino por la certeza de que ahora Fabricio se tendería en la cama, deslizaría la mano bajo el bóxer y se arrancaría el placer con esa concentración fría que jamás le dedicaba a ella. Gemiría bajo, como si el deseo fuera un asunto del que Leticia estaba definitivamente excluida.

Exhausta, levantó los óleos y los ordenó en el escritorio. Sus ojos se detuvieron en el pomo de carmesí. La tapa estaba mal cerrada. Una gota espesa asomaba por el borde, temblando, a punto de caer. Como si una fuerza inaudita se apoderara de ella, lo agarró con vehemencia y salpicó con rojo el cuello de su esposo.

Entonces, un grito de agonía resonó en el cuarto de al lado. Leticia corrió al dormitorio y halló a Fabricio desangrándose en la cama. Su tráquea borboteaba, empapando las sábanas, mientras sus ojos rogaban el auxilio. Ella, serena por primera vez en meses, miró el rojo chorrear hasta el piso y asintió. Comprendió que ahora sí sería un retrato fiel. 

La otra orilla del vidrio – Rodrigo Eker

Como todos los años, la señora Leonora había dado una fiesta maravillosa. Sus invitados, miembros de la alta sociedad mendocina, se deleitaron con manjares y vinos del Valle de Uco. Los salones de su mansión en Chacras, adornados con volutas rococó, eran un epicentro de refinamiento. Como siempre, terminada la fiesta, la anciana recibió invitaciones de una docena de familias para visitar sus estancias y prolongar las cortesías amistosas de aquella mágica velada. Su gracia y magnetismo hacían que todos celebraran su presencia.

Era poco lo que se sabía realmente de la señora Leonora. Había aparecido, como si nada, unas décadas atrás en la Ciudad de Mendoza y pronto escaló al centro de la escena. Tuvo amantes célebres, organizó galas de beneficencia y se convirtió en la patrona de las artes y la cultura de la provincia. Era extremadamente coqueta y muy bien llevada para una mujer de su edad: labios pintados, mejillas retocadas, cabello bien peinado, siempre envuelta en finas sedas. 

Muchos pensaban que la anciana estaba un poco loca. Contaba historias anacrónicas sobre tiempos que no había vivido. Describía negocios durante el gobierno de Roca, anécdotas de la Gran Depresión y hasta juraba haber sido amiga de Alberdi. Sus excentricidades sacaban más de una sonrisa a sus comensales, quienes la trataban como la tía senil que todos querían tener. 

Su cóctel anual, que organizaba todos los veranos en Chacras, involucraba los mejores chefs, orquestas de música clásica y elegantes entretenimientos. Sus invitados, usualmente ya bajo el ardor libertino del vino, señalaban entre risas la particularidad más divertida de la mujer: su aversión hacia los espejos. La casona, una maravilla arquitectónica repleta de historia, estaba amurallada con espejos. Ella los mantenía ocultos bajo gruesas capas de terciopelo verde. Decía que estaban en reparación o que no le agradaban como recordatorio del tiempo.

Esa noche, cuando el festejo terminó y ella se quedó sola en la mansión, mientras los criados dormían, caminó hacia el tenuemente iluminado pasillo del primer piso. Cruzó decenas de marcos ocultos, con los tacos percutiendo en el mármol. Se dirigió a la pared del fondo, donde yacía el gran espejo barroco de bronce, tapado por una tela que acumulaba cinco décadas de polvo. Arrancó el lienzo y contempló, con satisfacción, el cristal que devolvía el reflejo del pasillo.

Del otro lado del vidrio no estaba su doble, sino una joven marchita de piel de alabastro y ojos encendidos. Golpeaba el cristal con las palmas, empañándolo con su aliento, y suplicaba: «¡Por favor! ¡Déjeme salir! Es una eternidad aquí dentro. ¡Ya no aguanto más este cuerpo muerto!». La señora Leonora sonrió con ternura, acariciando el espejo, calmando las ansiedades de la muchacha. «Lo siento, pequeña», le dijo, «vas a tener que seguir allá adentro para que yo pueda vivir».

Soltó una carcajada y volvió a esconder con el terciopelo a aquella angustiada y antigua versión de sí misma, regresando por el pasillo de la mansión, satisfecha con la certeza de que viviría muchas décadas más.

La radio de medianoche – Rodrigo Éker

«Bienvenidos nuevamente a la 104.4. Somos la radio de medianoche». Fabián empezaba así todos los programas, fiel al puñado de oyentes que aún lo acompañaba. Era la radio más vieja de Córdoba, caída en la intrascendencia. Había continuado la tradición de su padre, quien llevó el programa nocturno a su época de esplendor. A veces miraba su foto enmarcada antes de salir al aire.

Como veinteañero, no se limitó a repetir fórmulas remanidas del entretenimiento de antaño. Modernizó el programa con nuevos equipos y un estilo más descontracturado. Los varones amaban su análisis del fútbol, mientras que las muchachas querían oírlo comentar la farándula. En los bares del centro repetían sus chistes como si fueran propios. Pero nada de eso alcanzó para salvar las finanzas de una empresa en crisis.

Actualmente, la 104.4 se sostenía casi exclusivamente con la transmisión  de Halloween. Todos los años, para esa fecha, atraía la atención de la mayoría de los cordobeses. El formato había surgido por iniciativa de la audiencia. Entre música espeluznante y relatos de terror, los oyentes llamaban a la estación y jugaban una broma recurrente: decían estar en sus últimos instantes de vida, describiendo exactamente cómo iban a morir. 

Contaban toda clase de destinos macabros: ajustes de cuentas, accidentes de tránsito y aneurismas. Lo más curioso del fenómeno era que, más de una vez, la llamada coincidía con tragedias anunciadas en el periódico, mientras que otras demostraban ser falsas. Esa ambigüedad la volvió la transmisión más esperada del año.

Aquel Halloween fue amargo para Fabián. Había perdido columnistas, anunciantes y financistas. Si la transmisión no era inolvidable, el cierre sería inminente. Además, la soledad, la lluvia torrencial y el tedio se combinaron para hacerlo sentir miserable. Miró el reloj. Faltaba una hora para el cierre y el estudio parecía más grande que nunca.

Las llamadas se sucedieron como siempre: una chica anticipó su femicidio, un nene declaró que se resbalaría del balcón y un adolescente afirmó que chocaría en la moto. La línea se cortó antes de que pudiera reírse o repreguntar. La llamada siguiente, en cambio, consiguió que se le erizara la piel. Era su propia voz.

Quien hablaba desde el otro lado de la línea era él -o pretendía serlo- y decía que moriría apuñalado en la estación de radio por un asesino serial. ¿Acaso era un chiste de mal gusto? Fabián estaba solo, en un edificio junto a una ruta poco frecuentada. Incrédulo, increpó al bromista. Pero escuchó, paralizado, cómo su alter ego describía el movimiento exacto de su mano derecha mientras dejaba el cigarrillo en el cenicero.

«Ya está frente al vidrio, mirándote» dijo la voz desde el receptor y el locutor levantó la vista hacia el ventanal que separaba la cabina de control con el estudio. ¿Algo se movía? Fabián habría jurado que estaba sólo. La llamada se cortó. El sudor le empapó la remera. Escuchó el click de la puerta de la cabina que se abrió de repente. 

La 104.4 continuó transmitiendo en vivo.

El laberinto de los setos – Rodrigo Éker

El jardinero entró por el gran arco de ligustrino que empezaba un jardín interminable. Volteó hacia don Felipe de Alvear, en el tercer piso de la mansión, en cuya sonrisa gélida percibió un tono de amenaza. Sintió un miedo inexplicable. Había aceptado por la paga y el renombre de los Alvear. Su antiguo señor, Don Torcuato de Anchorena, apenas le daba centavos. 

Empezó a tener dudas sobre la decisión. Algo en el rostro altivo de Don Felipe le desagradó, pero continuó avanzando.

El Laberinto de los Setos era una hazaña paisajística admirada en todo el mundo. Las leyendas decían que nadie había completado el trayecto. Estaba casi abandonado. El aristócrata había pedido retornarlo a su época de esplendor. 

Lo primero que olió tras las inmensas murallas de setos fue el encierro y la savia fermentada. Le alivió descubrir que nada allí escapaba a sus habilidades. Era considerado el mejor podador de la región -en parte por la reputación de los Anchorena- y rápidamente dejó prolijas y acicaladas las paredes de clorofila a su alrededor.

Cuando el sol se alzó vertical sobre su cabeza, ya había refinado tres kilómetros de laberinto. Pero, al atravesarlo, la vegetación se volvió más salvaje, el piso acusó huellas profundas en el barro y la luz apenas logró penetrar entre los yuyos. Comprendió que el trabajo requeriría una semana más.

Su instinto le dijo que algo no andaba bien. Volvió por los corredores zigzagueantes y se percató de que había dado un paso en falso. Su brújula interna no lo guio hacia la entrada. Desesperado, con los cuervos girando sobre él, se echó a correr. Los pasillos se estrechaban como gargantas. Cada giro parecía deliberado.

De repente, en medio del camino, descubrió un bulto de ropas apilado contra los arbustos. Lo movió y de su interior cayeron huesos humanos. Horrorizado, huyó sin detenerse hasta que halló otro esqueleto en medio de la grava. Luego otro. A lo largo del camino, se topó con siete cuerpos disecados, con las ropas de trabajo putrefactas aún adheridas.

Con los pulmones ardiendo, y el terror a flor de piel, usó sus últimas energías para escapar del laberinto. Para su alivio, divisó el arco verde de salida entre los setos y se lanzó hacia él justo cuando el sol se ponía. Sin embargo, sus pasos murieron cuando llegó al otro lado. Frente a él se extendía un nuevo laberinto, más salvaje y complejo. Alzó la vista y, hasta donde alcanzó a divisar, había kilómetros de arbustos en todas direcciones.

Exhausto, se dejó caer sobre la grava, tratando de controlar su respiración agitada. En ese instante de quietad absoluta, la verdad lo golpeó como un puñetazo. Comprendió para quién trabajaba realmente. Ahora entendía la sonrisa. Había servido demasiado tiempo al apellido Anchorena. Las deudas entre nobles no prescriben.

Encontrando fuerzas de donde no tenía, levantó las tijeras y se puso a podar. Si no podía escapar, al menos se encargaría de emprolijar las paredes vegetales de su propia tumba.

La repetición de los lirios – Rodrigo Éker

Cuando el tren dejó la estación, la señorita Julieta se incomodó con los lirios que aparecieron en su camarote. Viajaba sola, de Viedma a Bariloche, y su marido la esperaba en destino. Él se adelantó para ultimar los preparativos de la boda.

Julieta miró con placer su anillo de compromiso y luego estudió las vastas estepas nevadas, los lagos congelados y las nubes de alabastro que adornaban su ventanilla como el fino óleo de un pintor del Romanticismo. Luego llamó a su asistente y le pidió que descartara las flores. Si alguien descubría el regalo, su reputación quedaría manchada.

De por sí estaba nerviosa. El invierno llevaba semanas azotando la Patagonia, dificultando el cruce por el tramo rionegrino. Había escuchado rumores de demoras y descarrilamientos. Alguien le contó de un accidente que dejó un reguero de cadáveres mutilados. Esas historias debían de estarle quitando el sueño.

Se regaló una hora más de siesta. Durmió mal, despertó abrumada por visiones y encontró otro buqué de lirios sobre la mesita del camarote. No tenían tarjeta ni destinatario. Enojada por la irrupción, llamó al asistente y le rogó que se los llevara. Salió al comedor, todavía tiritando por la última pesadilla.

Mientras se tomaba un té en el vagón comunitario y veía acercarse los picos nevados que anunciaban Bariloche, examinó el sueño que la había mantenido en vela los últimos días. Ella se recostaba sobre una opresiva mesa de metal mientras un grupo de hombres, cual estudiantes de biología, la abrían a la mitad y jugaban con sus vísceras. Julieta percibía manos enguantadas y el frío del bisturí, como una rana incapaz de moverse. Y, cuando intentaba gritar, la pesadilla terminaba y se levantaba dominada por la agitación. Nunca dormía más de una hora.

Más calmada, retornó a su camarote y, para su disgusto, descubrió un nuevo ramo de lirios sobre su almohada. No tenían florero y los tallos húmedos habían manchado las sábanas. Furiosa, los estampó contra la ventana, haciéndolos añicos, mientras el cuarto se disolvía en la negrura de un túnel interminable.

Visiones espantosas flashearon por su mente. Un ataúd perlado, trajes negros, el aroma a tierra recién removida. Su marido, pálido como el mármol, pronunciando estériles palabras de amor. Cuando el tren salió por la abertura y la luz retornó, su camarote entero estaba cubierto de lirios. Los arrancó con asco, despedazándolos, gritando de frustración ante aquella expresión de mal gusto.

Cansada, se dejó caer sobre el colchón y rompió en llanto. Estaba harta de las flores. Harta de las visiones. No quería homenajes ni ceremonias, solo deseaba llegar. El tren silbó a lo lejos y volvió a internarse en el túnel. La oscuridad lo tragó todo. Cuando la luz regresó, las estepas nevadas se extendían intactas bajo el mismo cielo de alabastro. Sobre la mesita, un nuevo ramo de lirios la recibió. Y entonces, desde algún punto impreciso del vagón, llegó el chirrido agudo del metal cediendo sobre los rieles, prolongado, catastrófico, exactamente igual al de aquella primera vez.

Equipo completo – Rodrigo Éker

Los seis amigos tomaron el colectivo sin avisar a sus padres. Jugaban desde la infancia, en el patio de la finca del papá de Bauti. Para Mariano, Lautaro, Mateo, Gael, Enzo y Bautista, el fútbol era más que una pasión. Era el lazo que los unía desde siempre. Recién salidos de la secundaria, seguían practicando. Sólo uno de ellos, «El Matador Bauti», se lo tomaba en serio. Había firmado contrato y estaba a semanas de debutar en primera.

Mariano tuvo la idea de llevarlos esa tarde a un pueblito olvidado en las afueras de General Acha. Era una abandonada colonia ferroviaria, entre los restos de la vieja estación de tren. Y, si bien poseía el atractivo de toda ciudad fantasma, una sensación de peligro se fue apoderando de los seis a medida que se acercaban.

Cuando el colectivo se alejó, quedaron parados en el medio de la ruta, con la certeza de estar completamente solos. «Es por aquel sendero»  dijo Mariano. «¿La vieja cancha de fútbol?»  preguntó Mateo. «Es más grande de lo que se imaginan», asintió. Pero, a medida que cruzaron las malezas de yuyos, el recelo hizo presa de Gael. «¿No es ahí donde ocurrió la tragedia? ¿Donde desaparecieron los siete chicos?». Los otros lo miraron inquisitivamente. Mariano lo calló con un puñetazo amistoso.

La desolación del sitio los desconcertó. Los arcos estaban podridos y el pasto amarillo crecía sobre barro blando. Pero la cancha estaba intacta y se podía usar. Jugaron veinte minutos, con gran destreza. Enzo pateó demasiado fuerte y la pelota salió disparada tras el arco, perdiéndose entre las rocas. Bauti corrió a buscarla.

Los otros cinco, sudados y eufóricos, aguardaron su retorno. Pasaron quince minutos. Luego media hora. Bauti no volvía. Fastidiados, los cinco cruzaron el predio para increpar al amigo. Encontraron a Bauti de pie, a solas, en medio de las rocas, hablando en voz alta hacia la nada misma.

Saludó a sus amigos con regocijo, indicándoles que se acercaran. Les dijo que había encontrado a un muchacho local, un séptimo jugador, que se quería unir al equipo para completar el partido. Hizo la pantomima de introducción, pero no había nadie allí. Los chicos se echaron a reír, llamándolo loco y reprobando la broma. Sólo Mariano no reía. Alterado y serio, tomó la pelota y se apresuró a abandonar la cancha. Ordenó a los demás que lo siguieran. 

Regresaron a la ruta entre reproches. Mariano caminaba rápido, sin mirar atrás. Cuando el colectivo apareció a lo lejos, levantó el brazo con desesperación. Subieron entre burlas y risas nerviosas. Mateo y Enzo lo llamaron exagerado.

Gael miraba por la ventanilla en silencio. Mariano no contestaba. Sólo contaba en voz baja, moviendo apenas los labios.

Cuando el colectivo frenó en su parada, descendieron uno por uno. El chofer los observó con fastidio. «¿Y el otro?» preguntó, mirando el pasillo vacío.

Mariano sintió que se quedaba sin aire. Miró a su alrededor. Eran sólo cinco. La vieja cancha, finalmente, había hecho su fichaje.

El destinatario desconocido – Rodrigo Éker

El hombre trabajaba desde hacía décadas como archivista de la biblioteca. No era una biblioteca común: entre sus estantes polvorientos circulaban tratados de ocultismo, pergaminos del Antiguo Egipto, grimorios medievales y diarios íntimos de criminales impunes. Se especializaba en lo que llamaban «textos prohibidos». Nada lo sorprendía. Estudiaba, clasificaba y archivaba. Metódicamente y sin asombro.

La claridad mental que le requería su trabajo contrastaba con el caos que lo aguardaba en casa. Su hermano Lucas, un bueno para nada que lo succionaba como una sanguijuela, se la pasaba echado en el sillón, bebiendo litros de cerveza, rascándose la entrepierna y ensuciándole la casa. De vez en cuando, entre la desidia, asomaba el hermano tierno que había sido. ¿Por qué no se buscaba un trabajo honesto? ¿Por qué no se ocupaba de la limpieza? ¿Por qué no se conseguía una novia que lo enderezara? ¿No podía, al menos, darse una ducha de vez en cuando? Siempre terminaban discutiendo, hasta llegar a los gritos. En sus peores noches, había imaginado la casa en silencio definitivo.

Un día tenso, luego de un furioso enfrentamiento, el archivista llegó a la biblioteca y fue requerido por sus jefes. Le entregaron una llave de bronce y, con total apatía, le pidieron que se hiciera cargo de «la habitación de las cartas». Perplejo, los siguió hasta la puerta de lo que siempre creyó que era un armario viejo y, al atravesarla, se halló en un cuarto con inmensas montañas de sobres marrones apilados sobre cinco escritorios. «Marcelo solía encargarse de esto, pero ya se jubiló», le dijeron. «Necesitamos que pongas orden lo antes posible».

Fiel a su estilo, el archivista se quedó horas extra para culminar el trabajo. Se sorprendió apenas abrió el primer sobre. Una confesión de asesinato. El segundo, una traición amorosa. El tercero, una estafa que no había sido descubierta. Todas las cartas describían crímenes impunes, datados con fecha y hora, entregados voluntariamente al mismo destinatario: un nombre extraño que no había oído jamás. ¿Qué clase de juego era ese? Los catalogó lo mejor que pudo.

Esa noche, halló la casa vacía. Su hermano debía de haberse ido de fiesta. El comedor estaba hecho un chiquero. Exhausto, se echó en el sofá, apartó la mugre y se sirvió una copa de vino. Sobre la mesita ratona halló un sobre marrón, igual a los que había manipulado todo el día. 

Incómodo, abrió el sello y descubrió una carta escrita en letra cursiva. Su propia letra cursiva. Era una confesión de asesinato, detallado con horrorosa precisión. Reconoció el nombre de la víctima. Lucas. Releyó el dorso, con excitación frenética, y se percató de que el destinatario era el mismo nombre extraño de la biblioteca. La fecha indicada era la del día siguiente. La tinta aún estaba fresca. No recordaba haber escrito esa carta. El silencio de la casa le pareció más hondo que otras noches. Miró el reloj. Faltaban veinte horas para el momento del crimen.

La novia de negro – Rodrigo Éker

Cuando Laura cruzó por el altar con ese vestido negro, todas las miradas se posaron en ella. Ya en aquel entonces era conocida por sus excentricidades. Trataron de seguirle la corriente, pero los cuchicheos se mantuvieron activos. El marido, un apuesto pelirrojo llamado Gonzalo, llevó un traje de gala blanco que la multitud no reprobó de la misma manera. 

Ella sonrió poco durante la ceremonia. Caminó solemne, como en un trance, exhibiendo cierta tristeza hacia el final de la fiesta. Las tías se persignaron cuando la vieron pasar. Reconocieron que se trataba de un vestido de luto. Ella no quiso escucharlas cuando se lo advirtieron. Por el contrario, exhibió el sudario con orgullo, besó a su flamante esposo y partió con él en un coche forrado de rosas.

Su vida de casados fue tan hermética como su noviazgo. La finca victoriana de Tafí Viejo, heredada por Gonzalo, parecía tragarse cualquier intento de visita. La verja permanecía cerrada incluso a plena luz del día. Quienes se animaron a tocar la puerta aseguraban que siempre era Laura quien respondía, sonriente, pálida, vestida de negro incluso en verano.

De Gonzalo apenas se tenían noticias. Laura siempre debía explicarlo. «Está de viaje», «está cuidando a la abuela», «hoy no se siente bien». A veces, mientras ella conversaba en el umbral, algunas primas creían oír golpes sordos en el interior, rumores de algo que las incomodaba. Otras juraban haber escuchado la voz del pelirrojo en alguna parte de la mansión. Cuando preguntaban, Laura inclinaba la cabeza y sonreía. «Gonzalo preferiría que no vinieran tan seguido.»

    Con los años, las visitas se espaciaron. Las noticias del hombre cesaron. Nunca se lo vio en el pueblo, ni en la iglesia, ni en el cementerio cuando murieron las tías. Sin embargo, los impuestos seguían pagándose y sus cuentas jamás mostraron irregularidades. La mansión permanecía cerrada. Intacta. Silenciosa.

    Hasta que un día Laura anunció, sin lágrimas, la muerte de su marido. Le hizo un funeral privado, con el ataúd cerrado que fue enterrado en el cementerio. Y luego abrió la casa a todos. 

    En su vejez, la visitaron mucho sus sobrinas. La encontraban siempre envuelta en su vestido negro. Se aferraba al living de la planta baja. Comía allí, dormía allí y recibía sus cuidados diarios sobre el sofá. Un día la encontraron sin pulso, todavía luciendo el luto. La casa fue vendida en pocos meses.

    Cuando levantaron las maderas para la remodelación, fueron testigos del horror. Debajo de las tablas del living, en un hueco estrecho revestido de cal, yacía el cuerpo de Gonzalo. Vestía el traje blanco, amarilleado por las décadas, con salpicaduras resecas de líquido escarlata. Su boca fue amordazada con tierra mientras estaba vivo y sus manos tenían las uñas rotas, como si hubiera querido escalar por las piedras. El anillo de bodas brillaba entre sus dedos maltrechos. La fortuna de Gonzalo se había mantenido intacta, velada por el luto, porque Laura había enviudado el mismo día que se casó.

Una cuestión de gemelos – Rodrigo Éker

Marcos y Martín eran diferentes a la mayoría de los gemelos. Se habían criado en el sistema de adopción y, desde muy pequeños, lucharon por mantenerse unidos. Su madre gitana murió al dar a luz, y alternaron entre el orfanato y las familias de acogida a lo largo de muchos años. Muy temprano descubrieron un don especial: medían el mundo a través del dolor compartido. 

Si uno tropezaba, el otro se sobaba la rodilla. Un corte en la mano de Marcos implicaba sangrado en la de Martín. Las fiebres aumentaban en paralelo. Si bien dicha rareza desconcertaba a los doctores, ellos la habían normalizado. Otros lo llamaban sugestión o efecto placebo. Pero el dolor era real, y sus consecuencias precisas y tangibles.

En la adolescencia, la particularidad empezó a traerles complicaciones. Si uno se besaba con una muchacha, el otro experimentaba la lujuria. La vez que Marcos se peleó a puño limpio con un acosador, Martín sangró en el suelo de la ducha con un ojo morado.

Durante años, investigaron a fondo el fenómeno. El hospital no les permitía acceder a sus archivos porque eran menores de edad. Con el tiempo, aprendieron a aceptarlo, ignorando la sensación de que algo no encajaba.

La situación tenía sus ventajas: les tomó la mitad de tiempo ponerse en forma, pagaban por un solo corte de pelo y, pese a que no lo querían admitir, si uno de ellos tenía sexo, bastaba para los dos. Ante las preguntas, se referían al fenómeno como «una cuestión de gemelos».

Las complicaciones empezaron cuando cumplieron los veintiuno. Comenzaron a sentir dolores cuya causa no identificaron. Moretones nocturnos, rasgaduras en las muñecas, raspones que ninguno recordaba. Se revisaban los cuerpos desnudos y encontraban lesiones inexplicables. Las taquicardias se hicieron frecuentes, al igual que las dificultades para respirar. Al no encontrar respuestas en el hospital, retornaron a su lugar de origen.

La mayoría de edad les dio la potestad para acceder a sus archivos. Una firma estaba tachada. Una cifra corregida. El sistema no fue capaz de mantenerlos juntos. Porque, contrario a lo que pensaron toda la vida, no eran gemelos, sino trillizos. Mauro, el hermano perdido, vivía con una familia adoptiva en las afueras de la General Paz.

Llegaron a la casa descompuestos por los dolores. Tocaron el timbre entre náuseas y espasmos y una mujer acongojada los recibió. Se horrorizó al verlos, pálidos y encorvados, reconociendo en ellos el rostro de Mauro. Los abrazó sollozando. Lamentaba no haberles dado la noticia. Mauro había sido un chico bueno. No merecía esa larga enfermedad.

Los gemelos se miraron, retorciéndose de dolor. «¿Dónde está Mauro?», preguntó Martín. Ella, entre lágrimas, dijo: «El hospital no admitió el parte. Prefirieron llevarlo a la morgue y cerciorarse ellos mismos. Nos lo devolverán para el funeral.» Marcos soltó un grito de dolor y se desplomó en el piso. Martín se inclinó a ayudarlo, pero la agonía pronto lo paralizó. Convulsionaron violentamente, gimiendo, sintiendo en carne viva cada corte del bisturí.

El crimen de Labordeboy – Rodrigo Éker

Cuando el anciano entró aquella tarde a la comisaría de Labordeboy, en el Departamento de General López, su presencia atrajo todas las miradas. Durante años habían esperado que el culpable cruzara la puerta de la comisaría. No era común ver algo así en aquella zona rural, más propio de la ficción policial. Estaba sudado, sucio y sus manos temblaban. No gastó tiempo ni ahorró detalles. Afirmó que había sido él, diez años atrás, quien había asesinado al pequeño Thiago. Enumeró los objetos del crimen, describió el cuchillo con que descuartizó al niño y dio las coordenadas del patio de su finca donde debían cavar. Cuando terminó, no pidió abogado ni agua, sólo dijo que le aliviaba decir la verdad.

El caso se reabrió de inmediato. Se revisaron todas las pistas. La confesión coincidía con la cronología de los hechos y, cuando lograron excavar el sitio indicado, hallaron los restos esqueléticos de una criatura. El escándalo se propagó por todo Labordeboy. La familia de Thiago se esperanzó. Aquel crimen cerraba una saga de desapariciones de niños en la década anterior. La policía sospechaba que alguien del pueblo había torturado a los niños durante casi veinte años. Cuando allanaron la finca, sin embargo, no hallaron más que un solo cuerpo, y no sabían si correspondía a la confesión.

En la cárcel, el anciano se negó a recibir visitas. Sólo venía a verlo su hijo, un joven abogado que trabajaba en la ciudad y lo visitaba una vez por semana. El juicio prometía ser largo y la ira del pueblo amenazaba con explotar. Pero el anciano se mostraba calmo. Solían permanecer una hora en silencio, luego de la cual el abogado intentaba hablar sobre el pasado, sobre lo injusto que era todo aquello que estaba sucediéndole a su padre. El hombre siempre lo interrumpía con la misma frase: «No digás nada. Ya está hecho.»

El anciano murió antes de que el juicio terminara. La familia de Thiago, devastada, se quedó insatisfecha en su sed de justicia. Con el tiempo, el ritmo del pueblo recuperó su velocidad habitual, el caso desapareció de los diarios y, una vez más, Labordeboy empezó a olvidar.

Una noche de verano en que las luciérnagas sobrevolaban los pastizales, el hijo abogado retornó a la antigua casa familiar, aquella que nadie visitaba desde hacía décadas. Abrió el sótano, que llevaba años clausurado. No buscaba nada en particular, porque sabía exactamente dónde estaba. Apartó las tablas del suelo y, bajo la tierra húmeda, apareció el cadáver infantil cubierto de tela. Todavía tenía las marcas visibles de la tortura. Debajo de él, otros cinco más. Thiago era el que peor se encontraba. Sus ojos abiertos parecían mirarlo desde la tierra. El abogado permaneció largo rato inmóvil en la oscuridad del sótano. Debió haber ocultado allí, también, el cadáver del niño testigo.  Entonces recordó la voz de su padre en la cárcel. «No digás nada. Ya está hecho». Cubrió los cuerpos con tierra húmeda y volvió a colocar las tablas en su lugar.

El circo de los siete años – Rodrigo Éker

Pocos en Trenque Lauquen comprendían la dinámica del circo. Ya habían, empero, aceptado su naturaleza. Siempre era una noche de otoño, cada siete años, que sus carretas entraban en la ciudad sin que nadie lo advirtiera. Cuando la tierra estaba húmeda y las hojas anaranjadas tapizaban las plazas, los lugareños tenían la certeza de que, en cualquier momento, podrían hallarse de frente con las lonas oscuras, los faroles brillantes y la música que zigzagueaba junto a las luces de neón. Las atracciones solían ser estrafalarias: mujeres barbudas, trapecistas sin huesos, acróbatas prodigiosos, domadores de caballos y, especialmente, manipuladores de fuego -el acto principal, que siempre maravillaba a los concurrentes-.

Durante tres noches, la ciudad entera asistía, abarrotando las tribunas, aplaudiendo la audacia y participando de agradables recuerdos que los acompañarían durante los siguientes siete años. Luego, con el mismo misterio con que había llegado, el circo desaparecía. El cuarto día, al amanecer, sólo quedaba el baldío húmedo con huellas circulares que servían como único testigo de las carretas invisibles.

Lo singular del fenómeno era lo que sucedía a continuación, algo que los lugareños evitaban pronunciar en voz alta. Solía darse al día siguiente: un suicidio inesperado, una muerte repentina, un incendio inexplicable. La víctima, afirmaban los vecinos -aunque nadie sabía si se trataba de hecho o leyenda-, solía ser vista saliendo a la medianoche de la carpa mayor, pálida y temblorosa, como testigo de una revelación imposible de comprender.

La última vez que el circo visitó la ciudad, el desaparecido fue un cura de la parroquia central, cuyo ahogamiento en El Hinojo causó dolor e indignación. Si bien no había manera de conectar su muerte con la feria, se trataba de un hombre de gran prestigio intelectual, valorado por la comunidad, cuya alma parecía destinada a recibir la Salvación. Algunos recordaban que, la última noche, había abandonado la tienda con el rostro desencajado. Hartos de las tragedias, los ciudadanos se reunieron para prohibir el evento y se prometieron mutuamente que ninguno volvería a pisar aquel macabro espectáculo cuando regresara a la ciudad.

Sin embargo, no debieron esperar siete años para saber la verdad. Porque entre los muchos documentos que había dejado atrás el muerto, estaban los registros parroquiales de la antigua catedral, Nuestra Señora de los Dolores. En ellos se encontraba la historia del origen del circo. 

Fundado en la década del veinte, pionero de la región, había alzado sus carpas para toda la ciudad. Sin embargo, casi cien años atrás, había ardido en aquel baldío durante una función nocturna, matando animales, artistas y niños. La lista de actores del circo se había mantenido intacta durante un siglo. Pero al final de cada función aparecía un nombre nuevo. Los siete años entre anotación y anotación hablaban por sí mismos. En la base del registro, escrito con tinta fresca, leyeron con horror el último miembro de la compañía. Era el nombre del cura que se había ahogado en El Hinojo.

El amigo invisible – Rodrigo Éker

El niño habló con su amigo invisible desde el momento en que aprendió a pronunciar palabras. El padre, absorbido por su profesión médica, prestaba poco interés en la evolución emocional de su hijo. La madre atribuía sus excentricidades a su edad. 

Lo hacía con gran naturalidad, sentado al borde de las escaleras o apoyado en el respaldo de la cama, usualmente por las noches o cuando nadie parecía escucharlo. En principio fueron naderías de la infancia. Pero pronto le oyeron repetir frases más serias: «No confiés en el tío». «La vecina fue cómplice de todo». «Cuando tu madre sonríe así, es porque quiere esconder algo». «Mantenelos a todos bien lejos».

La mujer, alarmada, corrió a contarle a su esposo sus descubrimientos. El hombre, sin embargo, desestimó todo reclamo. Le hizo saber que eran rasgos normales de la infancia y que, en la situación que se encontraban, no podían permitirse una preocupación más. Luchaba por mantener a flote el consultorio y le aseguró a su esposa que, si conseguía suficientes pacientes, pagarían las deudas antes de fin de año. Pero el Gobierno se había entrometido, con esa ley espantosa, y ahora debía mantener la discreción.

Decepcionada, ella continuó espiando a su hijo. A medida que crecía, el niño se fue volviendo menos sociable. Señalaba a algunos vecinos con terror, pedía mantenerse lejos de ciertos familiares y desarrolló un rechazo creciente hacia su padre.

En una ocasión, ella le preguntó el nombre del amigo invisible, pero él no lo recordaba. Decía que se había convertido en un hermano que lo acompañaría para siempre. «¿Acaso es él quien te dice que desconfíes de la gente?». Con una voz seria, el niño respondió: «Él dice que conoce muy bien a las personas, porque lleva décadas observándolas». Fue suficiente para erizarle la piel.

Con el tiempo, el niño empezó a rechazar a su propia madre. Ella acudió a su esposo, rogándole por un psicólogo para la criatura, pero él ya estaba harto y se había entregado a la bebida. «Es tu hijo, vos quisiste tenerlo», le contestó en el mayor tono de crueldad. «Sólo necesito más pacientes. Más pacientes y las deudas estarán pagadas.»

Cansada, herida y con la perturbación a flor de piel, decidió, poco después de que el niño cumpliera siete años, confrontar el asunto. Entró en su cuarto, lo sentó en la cama, y le exigió que le explicara la cuestión del amigo invisible. ¿Por qué seguía hablando con él? ¿Por qué pretendía que era real? ¿Acaso fue él quien lo había obligado a desconfiar de su propia madre? Hubo un profundo silencio. La mujer sintió que estaba perdiendo a su familia. El niño, sin embargo, miró largo rato hacia un rincón de la habitación y, con voz temblorosa, preguntó: «¿Por qué desconfiás tanto de mamá y papá?». Hubo otro silencio, como si alguien le respondiera en la oscuridad. Luego miró a su madre con sus inocentes ojos verdes y le dijo: «Porque ustedes lo mataron cuando todavía estaba en el vientre.»


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