A lo largo de los siglos, los lectores hemos acompañado a personajes sumamente cuestionables: asesinos, adúlteros, manipuladores y hombres consumidos por la ambición errónea. Y, aun así, continuamos regresando a sus historias después de haber cerrado el libro.
Mientras que en la vida cotidiana valoramos la honestidad, la integridad y el coraje, cuando entramos en el territorio de la ficción, muchas veces son las figuras moralmente imperfectas las que despiertan nuestra mayor fascinación. Quizás se deba a que sus contradicciones nos acercan a algo que los transforma en esenciales: una representación más compleja de la experiencia humana.
¿Qué es un personaje moralmente ambiguo?
Un personaje moralmente ambiguo es mucho más que un personaje que comete errores o un simple antihéroe. La ambigüedad moral aparece cuando las acciones, motivaciones y decisiones de un personaje impiden clasificarlo fácilmente como bueno o malo.
Puede poseer virtudes genuinas y, al mismo tiempo, defectos graves. Puede actuar generosamente en un momento y de manera mezquina en otro. Puede perseguir un objetivo legítimo emplear medios cuestionables o tomar una decisión correcta por razones malévolas.
Rodion Raskolnikov, protagonista de Crimen y castigo de Fiodor Dostoievski, es un ejemplo excelente. Este muchacho es capaz de formular ideas intelectualmente complejas y de sentir una profunda compasión por otros, pero termina cometiendo un asesinato justificado en sus teorías. Nos anticipa, medio siglo antes, muchos de los "ideólogos" de movimientos "utópicos" que masacraron a su propia población.
Dorian Gray, por su parte, bajo la pluma del gran Oscar Wilde, comienza su historia como un joven susceptible de ser corrompido y termina convirtiéndose en responsable de actos atroces: maltrato psicológico, tortura emocional y asesinato.
Profundidad y complejidad narrativa
Los protagonistas moralmente ambiguos aportan profundidad a una narración. Un personaje cuyas decisiones responden a ideas rígidas sobre el bien y el mal puede resultar predecible y, en cierta medida, acartonado. En cambio, cuando existen deseos contradictorios, debilidades y conflictos internos, cada decisión adquiere un peso propio. Introduce, además, un elemento de imprevisibilidad que enriquece la lectura.
Anna Karenina, protagonista de la novela de Tolstoi, no es solamente una mujer que abandona su matrimonio por amor, sino que su historia está atravesada por el deseo, la soledad, las convenciones sociales y las consecuencias de intentar conciliar necesidades incompatibles.
En la obra cumbre de F. Scott Fitzgerald, Jay Gatsby es mucho más que un hombre que busca recuperar a la mujer que ama. Su idealismo convive con el engaño, la obsesión y una profunda necesidad de reinventarse que intoxica a quienes lo rodean.
La redención y la catarsis
Uno de los elementos más importantes de las obras literarias de este estilo es la posibilidad de cambio que prometen sus protagonistas. La redención no tendría el mismo significado si el personaje jamás hubiera caído en la oscuridad. Cuanto más profunda es la distancia entre quien fue y quien finalmente consigue ser hacia el final de la narración, más grande es la fuerza emocional de su transformación.
Jean Valjean, en Los Miserables de Victor Hugo, es quizá uno de los ejemplos más conocidos de redención literaria. Su historia demuestra que una persona puede estar profundamente marcada por sus errores, crímenes y violaciones y, sin embargo, construir una existencia diferente a partir de la mejora personal. Algo semejante ocurre con Sydney Carton en Historia de dos ciudades de Charles Dickens: un hombre que considera desperdiciada su propia vida encuentra finalmente una forma de darle sentido mediante un acto de sacrificio fundamental.
Estas historias producen una intensa catarsis en el lector, que no depende exclusivamente en la idea de que el personaje sea perdonado, sino de la contemplación del fenómeno de autosuperación de un ser humano sumido en una crisis. Se trata de un atractivo universal que cruza todas las culturas y formas de arte.
El aprendizaje individual
Los personajes moralmente ambiguos pueden ofrecernos una perspectiva particularmente interesante sobre el crecimiento personal. Se trata de sujetos que cambian a medida que toman decisiones, sufren sus consecuencias y descubren aspectos de sí mismos que antes desconocían.
Una novela puede funcionar entonces como una representación condensada de un proceso que todos atravesamos: aprender quiénes somos a partir de lo que hacemos y de la reflexión profunda acerca de nuestras propias falencias. Pero dicho proceso requiere de cierta capacidad de autoconocimiento.
No todos los personajes aprenden o mejoran. Algunos se aferran a sus defectos hasta destruirse. Macbeth, protagonista de la obra de Shakespeare, representa precisamente lo segundo: una ambición desmedida de poder que, en lugar de ser corregida, se alimenta de sus propias consecuencias hasta convertirse en una fuerza destructiva. Tanto para el hombre que ansía el trono como para la mujer que lo empuja a cometer asesinato, el deseo sin límites se transforma en tragedia.
El espejo incómodo
Quizás la razón más profunda de nuestra fascinación es que estos personajes funcionan como espejos, ya que en ellos reconocemos emociones universales: orgullo, resentimiento, celos, deseo de reconocimiento, miedo, etc.
La literatura lleva estas características hasta sus últimas consecuencias. Esto nos permite contemplar desde cierta distancia aquello que, en nuestra propia vida, puede resultar mucho más difícil de reconocer.
Madame Bovary de Gustave Flaubert, por ejemplo, llevó la insatisfacción de su protagonista hasta consecuencias devastadoras, mostrándonos lo destructivo que es vivir más allá de nuestras posibilidades. Macbeth convirtió la ambición en crimen. El Manantial de Ayn Rand llevó el deseo de subyugar hasta sus últimas consecuencias. A pesar del punto extremo al que los autores dirigen dichas situaciones, en sus personajes vemos reflejados algunos de nuestros peores y más destructivos impulsos.
Cuando participamos de la ambigüedad
Cuando un personaje actúa de maneras contradictorias, comenzamos a intervenir mentalmente en sus acciones. Juzgamos sus decisiones, anticipamos sus consecuencias, imaginamos alternativas y nos preguntamos si habríamos sido capaces de actuar de otra manera.
Hamlet constituye uno de los mejores ejemplos. Siglos después de su estreno, seguimos discutiendo sus decisiones o planteándonos la moralidad de sus actos, porque Shakespeare nunca responde sus dudas de manera certera. Nos hace partícipes de la tragedia y la desazón del muchacho.
Cuando conocemos profundamente los principios de un personaje, podemos anticipar muchas de sus decisiones. Pero quien está dividido entre deseos, valores y debilidades puede sorprendernos constantemente. Es esa impredecibilidad donde yace la magia literaria.
Heathcliff, en Cumbres borrascosas de Emily Brontë, nos fascina en parte porque su conducta nunca deja de estar atravesada por la obsesión y el resentimiento. El capitán Ahab, en Moby Dick de Herman Melville, convierte su búsqueda en una persecución cada vez más irracional, arrastrando consigo a todos los que lo rodean. La incertidumbre es el combustible que pone en marcha el relato.
Más allá del juicio moral
En última instancia, la fascinación por la ambigüedad moral no es una apología de la falta de ética, sino una declaración de honestidad intelectual. Cuando leemos, no apelamos a un tribunal de conducta, sino que nos asomamos a un espacio seguro para contemplar la condición humana sin dogmatismos. Regresamos a estos personajes, fundamentalmente, porque en su claroscuro la literatura nos concede algo más necesario que nunca en la vida real: la posibilidad de comprender la complejidad antes de apresurarnos a juzgarla.
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