Durante mucho tiempo, la literatura habló de la enfermedad mental sin identificarla como concepto propio. La locura era vista como un castigo, una forma de posesión, una debilidad moral, una consecuencia del exceso de sensibilidad o una ventana hacia una realidad que muchas personas eran incapaces de percibir.
Esto resulta especialmente interesante cuando observamos la literatura de los siglos XVIII y XIX, porque no solo nos ilustra un período en el que la concepción misma de la locura estaba cambiando, sino que a menudo se anticipó a las grandes intuiciones del psicoanálisis y la psicología moderna.
Cuando la Razón deja de ser suficiente
Durante buena parte del siglo XVIII, la Razón ocupaba un lugar privilegiado en la concepción occidental del ser humano. La Ilustración había convertido la capacidad de pensar racionalmente en una de las principales herramientas para comprender el mundo y emanciparse de la superstición.
La locura aparecía, en consecuencia, como una perturbación de esa facultad. Un individuo enfermo era aquel cuya razón objetiva había dejado de funcionar. La literatura, en este contexto, empezaba a concentrarse en la subjetividad.
En La vida y opiniones de Tristam Shandy, caballero, Laurence Sterne convierte las digresiones y asociaciones caóticas de su narrador en la propia estructura de la novela. La mente deja de ser simplemente para el autor aquello que observa la realidad y se convierte en un territorio inexplorado.
Algo similar, aunque desde una perspectiva mucho más dramática, ocurre en Las penas del joven Werther de Goethe. Werther es un muchacho que vive en los extremos. Su sensibilidad le hace percibir el mundo con una intensidad que termina resultando destructiva. El final de su vida, claramente marcado por la enfermedad mental, fue puesto como una advertencia hacia los excesos y la impulsividad de las pasiones. La pregunta que nos plantea es: ¿Dónde termina la sensibilidad y dónde comienza la enfermedad?
Cuando las sociedades enferman a los individuos
Durante este período, los escritores jugaron con otra posibilidad: la de que la alteración de la mente no se debe exclusivamente a las características del individuo. La literatura nos muestra personajes cuya angustia está relacionada con el mundo que los rodea. La "sociedad", sus convenciones y sus expectativas se convertían en fuentes de sufrimiento.
Esta idea adquirió enorme importancia durante el Romanticismo. La sensibilidad que solía considerarse una virtud empezó a convertirse en una fuente de aislamiento. El individuo sensible percibía con mayor intensidad aquello que otros aceptaban sin cuestionarlo y, precisamente por eso, era incapaz de pertenecer al mundo.
La literatura romántica convirtió la melancolía en una experiencia estética, tan hermosa como destructiva. La fascinación por la tristeza, el aislamiento y la desesperación convivía con una creciente conciencia de que la alienación destruiría a quien la experimentaba.
La fascinación Romántica por la mente irracional
El Romanticismo profundizó aún más esta ruptura con la supremacía de la Razón. Los sueños, las pesadillas, las alucinaciones y los estados alterados de conciencia adquirieron una importancia trascendental. La gente pensaba que la imaginación nos revelaría verdades que la razón no alcanzaba a discernir.
Pocas obras representan mejor esta idea que El hombre de arena de E. T. A. Hoffmann. La novela juega deliberadamente con los límites entre la obsesión, la paranoia, la imaginación pura y la realidad. Lo inquietante no es solamente lo que le sucede al protagonista, sino que nosotros tampoco podemos determinar con seguridad cúanto de ello pertenece a su propia imaginación.
Edgar Allan Poe llevó esta estrategia todavía más lejos en relatos como El corazón delator o El gato negro. En ellos, la enfermedad mental deja de ser únicamente algo que observamos desde fuera, ya que la historia llega a nosotros desde una conciencia trastornada, empleando la clásica herramienta del narrador no fiable.
La invitación abierta hacia el lector a desconfiar del protagonista de la obra literaria se volvió sumamente popular durante la segunda mitad del 1800, especialmente en Europa.
El peso social de los diagnósticos
Durante el siglo XIX, mientras la psiquiatría -disciplina aún novedosa en aquella época- avanzaba lentamente hacia una concepción más clínica de los trastornos mentales, la literatura comenzó a incorporar algunas de estas nuevas categorías.
La locura dejó progresivamente de ser únicamente una desviación moral para convertirse también en una condición que podía ser observada, clasificada y tratada. En La dama de blanco de Wilkie Collins, el autor nos muestra cómo el diagnóstico podía convertirse en una herramienta de poder. Declarar a alguien mentalmente incapaz podía servir para desacreditar su palabra y privarla de autoridad. La enfermedad mental, por lo tanto, no era solamente una cuestión médica, sino también una cuestión social.
La mujer y la enfermedad
Durante el siglo XIX, comportamientos femeninos que desafiaban las expectativas sociales -y que hoy son considerados normales- podían interpretarse como síntomas de enfermedad. La "histeria", el nerviosismo y la inestabilidad emocional fueron asociados frecuentemente con la feminidad, mientras que el matrimonio, la sexualidad y la obediencia social eran asuntos de importancia médica.
Jane Eyre nos ofrece un ejemplo particularmente revelador a través de Bertha Mason -vale aclarar que este párrafo contiene spoilers de la novela-. Es fácil reducirla a la figura de "la loca del ático", pero esto va en contra de la importancia de su representación. Bertha encarna también los temores victorianos frente a la sexualidad, la violencia y la mujer que no puede ser integrada en las normas sociales. Es encerrada de por vida por su esposo -y el objeto de deseo romántico de la protagonista del libro-, ilustrando una crueldad que rompe con el idilio amoroso que la narración aparentaba en un inicio, confrontándonos así con el realismo y la brutalidad de la época.
Décadas después, El papel tapiz amarillo de Charlotte Perkins Gilman llevó estas cuestiones al centro de la narración. Allí la enfermedad mental no puede separarse de la autoridad médica, el aislamiento y la falta de autonomía de la protagonista, todo ello como consecuencia de su condición de mujer.
La obsesión como enfermedad
La obsesión fue uno de los grandes temas literarios del siglo XIX. La enfermedad mental, alejada de la institucionalidad, empezó a representarse en los celos, la paranoia, la culpa o el miedo de sus protagonistas. Muchas veces estaba encarnada en una idea que se repetía hasta dominar completamente la conciencia.
En El Horla de Guy de Maupassant, el protagonista no sabe si está siendo perseguido por una entidad sobrenatural o si está perdiendo progresivamente la cabeza. La novela nunca resuelve completamente esta incertidumbre, haciéndonos partícipes de su paranoia, ocultándonos información sin saber que la está ocultando -otro clásico recurso de la época-.
Otra vuelta de tuerca de Henry James lleva esta ambigüedad hasta uno de sus extremos más célebres. ¿La protagonista está enfrentándose realmente a fenómenos sobrenaturales o estamos observando la realidad a través de una percepción alterada? El relato nos describe sus encuentros con los fantasmas de los previos criados de la casa pero, al mismo tiempo, nos da evidencias de que tales encuentros no existieron. Y, en esa incertidumbre, se juega la credibilidad de la narración y la confianza del lector.
Una literatura más introspectiva que nunca
La literatura de los siglos XVIII y XIX no nos ofrece una definición moderna de la enfermedad mental, pero es la primera que indaga a fondo acerca de la interioridad psicológica de sus protagonistas. Si bien encontramos precedentes en autores como Shakespeare o Cervantes, nunca antes los escritores abordaron con tanta intensidad el mundo emocional interno de sus personajes. Y este esfuerzo nos brinda algo muy interesante: el registro de una sociedad intentando comprender aquello que todavía no sabía explicar.
La locura fue presentada, con el pasar de los siglos, como pérdida de la razón, castigo, debilidad moral, sensibilidad excesiva, o degeneración. Cada una de estas concepciones dejó su huella en la ficción. Y mientras cambiaba la manera de comprender la enfermedad, también cambió la manera de contar historias sobre ella.
¿Hasta qué punto podemos confiar en la mente de los narradores cuando intentan comprender el mundo que les rodea? La ambigüedad y la irracionalidad jugaron un papel central en las obras literarias del período. Quizás el mayor mérito de dicho elemento haya sido hacernos comprender que, cuando se trata de la mente humana, la incertidumbre también puede configurar una forma de conocimiento.
Mi nombre es Rodrigo. Soy un escritor independiente Argentino, apasionado por contar historias y compartir reflexiones. Si bien mi campo predilecto es la ficción, en este blog les hablo sobre todo lo que pasa por mi cabeza: mi vida, mis experiencias, mis visiones del mundo y mi proceso creativo. Escribo desde chico ficción contemporánea y ficción gótica. He publicado relatos cortos y novelas que están disponibles para lectores de todas partes del mundo. A través de este blog, espero ayudarte a encontrar tu próximo libro favorito.
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