El parque que me inspira

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      Todos tenemos lugares en el mundo que nos inspiran. Sea que nos inviten a reflexionar, nos llenen de sentimientos o simplemente nos transmitan paz, hay pequeños santuarios que estimulan algo enterrado profundamente en nuestro interior que nos motiva a visitarlos con regularidad. Tengo la suerte de que uno de esos lugares se encuentra cerca de mi casa. Se trata del Parque General San Martin, una joya del siglo XIX que continúa viva y en plena expansión. Tiende a despertar en mí un enorme nivel de satisfacción estética, física y espiritual. Hoy decidí sacar mi cámara y llevarlos a recorrerlo conmigo. Quizás, quién sabe, también logre inspirarlos a la distancia de la misma manera. 

Los portones de entrada del parque. Son mucho más grandes, pero les enseño el detalle de una de las puertas
     Construido en 1896 por uno de los más prominentes paisajistas de nuestro país, el Parque General San Martín se ha convertido en un ícono de la ciudad de Mendoza. Surgió de la creencia, tan arraigada en el siglo XIX, de que los espacios verdes significan salud y la gente se enferma menos cuando está al aire libre rodeada de verde. En aquel momento, la ciudad estaba siendo azotada por enfermedades tales como la difteria, la cólera y el sarampión y se pensó que el parque serviría como zona de purificación.

      Desde un principio, como suele ocurrir con todas las buenas ideas, hubo mucha gente en oposición. Específicamente desde la izquierda política. Se decía que era un parque destinado a las élites, que no resolvería el problema sanitario y que significaría un montón de dinero destinado a satisfacer el buen gusto de los ricos. Más de 150 años después, podemos ver lo equivocados que estaban. El parque, hoy en día, es un atractivo abierto a todas las clases sociales de Mendoza y representa una parada obligada para locales y turistas por igual.
      Originalmente se lo llamaba el Parque del Oeste, título todavía inscripto en el piso de los portones de entrada. Durante las sucesivas administraciones del Partido Autonomista Nacional, cuyos gobernadores construyeron la moderna Ciudad de Mendoza -entre ellos, el célebre Emilio Civit-, el parque adquirió su delicada belleza estética, incluidos sus icónicos portones. La inspiración del parque fue decididamente francesa, con muchas esculturas importadas de Francia y fundidas en bronce (y unas cuántas talladas en piedra). Los Caballitos de Marly reciben a quien lo visita apenas se ingresa y anuncian el comienzo de la prolongada Avenida Libertador que sube en dirección a la montaña. Son una réplica exacta de las hermosas esculturas de Guillaume Cousteau para los Campos Elíseos de Paris.





      Pese a las controversias de distinto tipo que han rodeado al parque en su larga historia -y a la falta de mantenimiento de algunos gobiernos que pasaron por la provincia- las arboledas continúan manteniendo su atractivo original. Carlos Thays, el paisajista que engendró el proyecto, se inspiró muy fuertemente en el romanticismo de los jardines europeos de la época, con mucho énfasis en la jardinería salvaje y a la vez simétrica propia de la Belle Époque. La narrativa implícita en la estructura de sus numerosos caminos, avenidas y sendas invitan al visitante a una placentera caminata que alude a los picnis al aire libre, las reuniones sociales y las soleadas tardes junto a un lago rodeado de rosas y prolijas arboledas que se elevan por doquier.


Para que vean la inmensidad del parque. Algún día les mostraré el monumento del Cerro de la Gloria, que queda allá donde termina
      Muchas de las más emblemáticas instituciones recreativas mendocinas se encuentran en el parque, constituyendo un centro de socialización para todos los habitantes de la ciudad que, de una manera u otra, deben visitarlo cotidianamente. Entre ellas se encuentran: el Teatro Griego Frank Romero Day, la Universidad Nacional de Cuyo, el Club Mendoza de Regatas, el Club Atlético Gimnasia y Esgrima y el Club Deportivo Independiente Rivadavia, entre numerosos restaurantes y puestos de artesanías. Se ha convertido en una parte inseparable de la identidad mendocina que continúa tan viva como siempre.

Esculturas traídas de Francia. No conozco la historia de ésta, pero da la impresión de ser una diosa de la luna


      En mi opinión, el corazón del parque es el circuito del lago, constituido por una larga senda peatonal que rodea a un lago artificial con una bella isla en su interior. Suele utilizarse para hacer deporte y, antes de mi lesión del año pasado en ambas rodillas, solía correr por sus pistas todos los días. Es normal ver parejas -usualmente adolescentes- acurrucadas en los predios del rosedal disfrutando de la suave brisa a la vera del lago. Hay pequeñas reminiscencias intactas de épocas pasadas en esta zona: el diminuto puerto de donde salía el pintoresco ferry -con su debida boletería-, el puesto del salvavidas que siempre vigilaba, los arcos de piedra con largas escalinatas por donde bajaban los competidores de kayak para ingresar al lago, etc. Son rezagos de distintos momentos en la historia mendocina.



      En lo personal, encuentro que al caminar por los distintos rincones de este parque -y existen unos cuantos con los que me he familiarizado íntimamente-, uno puede percibir en carne propia el peso de su historia. De por sí, es un espacio verde muy distinto a los que estamos acostumbrados en otras ciudades, ya que se siente como un sitio anacrónico, una joya que te transporta al siglo XIX con sus característicos colores y paisajes. Y, si bien es el resultado de una meticulosa planificación y puesta en marcha, también posee un aspecto salvaje e indómito plasmado en sus bosquecillos donde la maleza y los árboles crecen libremente sin ningún tipo de control.
      A veces, uno simplemente desea pararse en el terreno y absorber con todos los sentidos la majestuosidad propia de los jardines, con la certeza de estar contemplando algo antiguo e inmanente. Las energías que trae consigo contienen al mismo tiempo el optimismo de la juventud idealista que lo concibió y la solemnidad de la vegetación que ha habitado allí durante más de un siglo. Hoy es un punto de intersección entre hombre y naturaleza, un momento de conexión que cada mendocino puede experimentar cada vez que lo desee.




      Otro elemento que convierte a una simple caminata en una experiencia gratificante es la proliferación de esculturas de estilo clásico y occidental que adornan los distintos sitios. Si bien su presencia se debe a la clara influencia europea en el diseño del proyecto, también nos habla del buen gusto y la delicadeza estética propia de un siglo que todavía apreciaba el arte bajo parámetros estéticos objetivos. Ojalá esculturas de este tipo continuaran haciéndose y adornaran las calles de las grandes ciudades como solían hacerlo. Mendoza es famosa por su arquitectura clásica -ya se las iré mostrando en otro futuro artículo-, pero el hecho de ingresar a un sitio donde abundan este tipo de monumentos ayuda a desconectarte de las vicisitudes del mundo moderno y entrar en una tierra de ensueño, casi mágica.





      En muchas ocasiones, cuando me encuentro atascado en mis ideas o perdido como escritor o artista, una simple caminata por este sitio ayuda a hacer fluir los jugos creativos y me hace reflexionar sobre cualidades humanas tales como la virtud, el heroísmo, la templanza, la creatividad, la sabiduría, etc. También me hace apreciar mejor a la naturaleza y me invita a conectarme con las raíces de este mundo y su elemento terrenal. Dichas experiencias pueden ser mundanas o excepcionales, reflexivas o espirituales, pero sin dudas me empujan a regresar de cada visita transformado, entusiasta y, sin dudas, inspirado. Y, por eso mismo, el Parque General San Martín continúa guardando un lugar muy especial en mi corazón.




Un culo blanco


Museo Cornelio Moyano. Hermosa estructura que quizás podría utilizarse para algo más interesante.

Quería llevarlos a recorrer la isla del lago, llena de esculturas, pero justo estaba cerrada
      Existen en todos los países lugares que conmueven algo muy profundo en nuestro interior. Sirven para inspirarnos y llenarnos de energía. A veces los encontramos de manera fortuita y otras tenemos que buscarlos conscientemente. Sea cual sea ese lugar para vos, hacelo parte de tu vida, visitalo con regularidad y construí una relación íntima con él. Sea público o privado, remoto o concurrido, son esos momentos de inspiración y regocijo los que hacen que la vida valga la pena ser vivida.
     ¿Qué lugar logra inspirarte de esta manera? ¿Has logrado encontrar uno? ¿Qué relación has establecido con él? Contame en los comentarios :)



  • SOBRE EL AUTOR
      Mi nombre es Rodrigo. Soy un escritor independiente Argentino, apasionado por contar historias y compartir reflexiones. Si bien mi campo predilecto es la ficción, en este blog les hablo sobre todo lo que pasa por mi cabeza: mi vida, mis experiencias, mis visiones del mundo y mi proceso creativo. Escribo desde chico ficción literaria y ficción gótica. He publicado relatos cortos y novelas que están disponibles para lectores de todas partes del mundo.

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