Reflexiones sobre Frankenstein

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   Frankenstein o «El Moderno Prometeo» (1818) de Mary Shelley es un libro que ha adquirido un estatus de culto en los últimos doscientos años. Lo que empezó como un experimento casual durante un verano volcánico en la estancia vacacional de Lord Byron acabó convirtiéndose en un hito revolucionario de la Historia de la literatura. 
   Muchos desprecian este libro. Otros lo aman con pasión. Objetivamente, puede interpretarse de distintas maneras: como una historia de terror, como un cuento sobre monstruos, una obra cuasi ocultista y hasta una crítica filosófica acerca de los avances del racionalismo científico. Sea cual sea la visión que ustedes tengan, me gustaría resaltar algunos elementos que me resultaron interesantes de este pequeño librito. 


El poder de la novela epistolar 


   Si bien Frankenstein debería considerarse más bien un híbrido, pues algunos fragmentos están narrados de manera epistolar y otros no, esta novela excede espectacularmente a la hora de hacer un collage de fuentes narrativas (algo que sólo volvería a lograrse recién con Drácula de Bram Stoker en 1897). A diferencia de «Las Amistades Peligrosas» de Laclos –que también se compone de un rejunte de cartas de distintos personajes-, los fragmentos epistolares de Frankenstein nos sirven para darle un alcance un poco más amplio y deliberadamente épico a una historia que dentro de todo es demasiado simple. Las narraciones del capitán Walton y los episodios de la Criatura permiten abrir el arco narrativo de Victor (primera persona), haciendo del libro una experiencia literaria mucho más rica. 

El miedo a la industrialización  


   Tengo mis visiones personales al respecto y no lo voy a negar. Pienso que el énfasis en el Racionalismo propuesto por la Ilustración y la Revolución Industrial (junto a la paralela Revolución Científica) pueden considerarse unos de los más grandes logros de la Civilización Occidental. Marcaron el comienzo de inmensos y positivos avances en las estructuras sociales, económicas y los estándares de vida que permitieron a muchos países prosperar por primera vez en cientos y hasta miles de años. Todo esto, sin embargo, fue acompañado por un gran miedo cultural y una reacción negativa de gran parte de los habitantes de los países industriales, ya que veían el estilo de vida que habían conocido cambiaba, evolucionaba y se adaptaba en muy poco tiempo, más rápido de lo que nadie podía llegar a concebir. 
    Esto generó movimientos anti-cientificistas, naturalistas y místicos (recordemos que ésta es la época donde surge el concepto de «revelación divina»). El romanticismo inglés, estética dentro de la cual se inscribe Frankenstein, puede encasillarse como parte de esta corriente. 
   Diría Mary Shelley sobre su propia creación, imaginada por primera vez durante un sueño:
«Vi al estudiante pálido de artes profanas arrodillado ante la cosa que había ensamblado. Vi el repulsivo fantasma de un hombre estirado y, luego, bajo el funcionamiento de algún poderoso motor, éste mostraba signos de vida y se revolvía en un movimiento semi-vital. Horroroso debe ser, porque supremamente horroroso es el efecto de cualquier esfuerzo humano que burle el estupendo mecanismo del Creador del mundo.»
   Los peligros de la ciencia y, más específicamente, los peligros de los hombres que «juegan a ser Dios», constitye uno de los temas centrales del libro y de buena parte de la literatura romántica de la época. No en vano, muchos estudiosos juraban que en base al galvanismo –disciplina que se basaba en la aplicación de la electricidad al cuerpo humano- serían capaces tarde o temprano de conseguir que los muertos regresaran a la vida o que los vivos escaparan de las garras de la muerte. 

El narcicismo de Victor Frankenstein 


   Hay una razón por la cual Mary Shelley no centró su narración en la Criatura ni en los horrores que este monstruo provoca a sus no-tan-semejantes. Su idea fue lograr un relato moralizante sobre los verdaderos horrores que plagan la novela y que están incrustados en la propia psicología del personaje. Víctor es representante de una vanidad suprema, encallada en un egoísmo sin barreras cuya consecuencia primordial es la creación, en primer lugar, del Monstruo. 
   Shelley nos presenta la Criatura como un símbolo de la perversión de su propio creador, un producto inocente de la malicia e inmoralidad de un muchacho presumido. Víctor está obsesionado con ser Dios, con tener un control absoluto sobre la Vida, y posee un exagerado sentido de auto importancia. Desde su exhibicionismo, pasando por sus reacciones de rabia ante toda crítica ajena, llegando a la explotación, la idealización y la ausencia de empatía, podría quizás la psicología moderna ubicar al protagonista dentro del desorden de personalidad narcisista. 
   Las relaciones extrañas entre él y quienes lo rodean, su total indiferencia ante los demás y la sobre dimensión que le da a sus propios problemas (versus los de sus familiares y amigos) están en el centro y corazón de la novela. No en vano, el título de la novela es «Frankenstein»: el foco de la atención está en la psicología del protagonista. La criatura es apenas un subproducto de esa psicología. 
   Encuentro que este simple hecho es el más difícil de asimilar para los lectores casuales que por primera vez leen Frankenstein, habiendo esperado tal vez encontrarse con otro tipo de libro. Sin embargo, es uno de los elementos fundamentales que lo han transformado en un clásico. 

El Moderno Prometeo 


   Prometeo era, en la mitología clásica griega, el Titán que creó a la Humanidad a imagen de Zeus. Luego, como castigo, fue atado a una roca y condenado a ser comido por los buitres por haber robado el fuego de los dioses. Shelley traza importantes paralelos entre la imagen de Prometeo y la imagen de Frankenstein. El trabajo de Víctor para crear vida es un reflejo del trabajo innovador de los Titanes que crearon a la Humanidad. Esto era visto por la autora como algo maligno, un rasgo de perversidad de todos aquellos que, sin serlo, intentan ser dioses. 

   Hay mucho más que puede decirse sobre este libro. Se han escrito volúmenes enteros para analizarlo. Creo que es una novela fenomenal y se la recomiendo a todo el mundo. 

   ¿Qué otras ideas tienen sobre el contenido de esta maravillosa obra?

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4 comentarios

  1. Si te soy sincera me interesa mucho más la autora y todo ese entramado de amistades que tenía (repleta de escritores geniales) y su propia vida, que el libro en sí. Lo leí en su día y me gustó...nada más.
    Besos

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  2. Me gusto tu reseña, pero hay ciertos tópicos que igual incluiría; por ejemplo, la discriminación, los estereotipos, "el mal", la moralidad social, entre otros; digo esto, basándome en las explicaciones del monstruo, el mismo señala que su espíritu, su esencia es buena, pero el odio injustificado, la excluision que sufre que a la larga debido al aislamiento y soledad, lo transforman en un ser amargado y lleno de odio....por eso me pregunto, tal vez la autora nos señala que el origen del mal se origina siempre en la humanidad misma (como el mito del buen salvaje de Rousseau) y que el odio entre nosotros mismo y la intolerancia conlleva los actos de maldad del mundo

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  3. El doble de Víctor Fránkenstein se proyecta en la criatura de modo titánico. El hombre siempre quiso demostrar su poder sobre la naturaleza pero nadie puede desafiarla,es por ello que el "creador" sufrió las consecuencias, el "mounstruo" fue solo una víctima de su incontrolable ego.

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