La última semana de mis 20s

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      Esta semana me despido de mis 20s. De hecho, antes del fin de semana, voy a tener 30. Y, si bien no considero que ser un treintañero sea algo negativo -ni mucho menos me considero “viejo”, a pesar de lo que mucha cultura juvenil actual proclame al respecto-, sí es un momento que me llega con un poco de nostalgia. Antes de entrar en esta nueva etapa de mi vida, quería detenerme un poco a reflexionar acerca de lo que la última década representó para mí y conjurar algunas ideas acerca de lo que espero para la próxima.

      A los 29, estoy terminando de vivir una de las eras más tumultuosas de mi vida. Un momento de cambio, evolución, frustraciones y demasiada intensidad emocional (quizás mucha más de la que me gustaría). Atravesé algunas pérdidas, unas cuantas ganancias y muchísima incertidumbre. Experimenté lo que es un corazón roto (al principio de la década, en una relación excesivamente tóxica que preferiría no detallar), y vi frustradas mis mayores ambiciones profesionales. 

      Empecé mis 20s con una ambición imparable, la misma que he tenido desde mi temprana adolescencia: convertirme en un músico profesional. Fue a fines del año 2009 (y principios del 2010) que decidí formar una banda de rock, un proyecto para nada frívolo. Compuse más de 50 canciones para este proyecto, practiqué muchísimo mis habilidades en el piano e ingresé en la Universidad para estudiar Composición Musical. Mi única meta en esta vida era tener éxito como músico profesional y traté de demostrar una precocidad lo más excesiva posible. Buscaba pulir mi talento hasta el límite de mis capacidades para cumplir con cada uno de mis objetivos. Sin embargo, una serie de malas relaciones, malas experiencias personales y malos tratos por parte del ambiente musical local lograron que terminara desarmando esa banda de rock, dejara de lado otros proyectos y me enfocara enteramente a la facultad.

      A partir de entonces, toda mi atención estuvo puesta en mis estudios musicales. Lo que veíamos en la Universidad era principalmente música clásica. Estudié canto coral, piano, contrapunto, armonía, formas musicales, historia del arte y tantísimas otras asignaturas, por lo que la facultad se volvió una suerte de escapismo para mí. También tuve una materia de Composición (la asignatura central de mi carrera) que se componía mayoritariamente de adoctrinamiento posmodernista burdamente fanático, cosa que representó otra gran desilusión. Y durante cinco largos años me dediqué enteramente al estudio y el análisis de la música, sin saber exactamente para qué lo hacía o qué aplicación práctica iba a sacar de todo esto. No me interesaba componer, tocar ni promocionar la música clásica -mucho menos la música posmoderna- y mis otros proyectos se habían desarmado hacía tiempo, por lo que eventualmente terminé dejando de lado los estudios.

      Abandonar la facultad puede considerarse una suerte de fracaso, pero representó un inmenso alivio para mí. Me dio tiempo de reflexionar, recalibrar mis energías y empezar nuevos proyectos. Abrí mi canal de booktube, empecé a escribir mi novela (que eventualmente se transformaría en “Melodías Sepultadas”, la novela debut que publiqué este año) y encontré un trabajo estable que me permitió independizarme y valerme por mí mismo. Al mismo tiempo, viví serias dificultades familiares, una leve depresión y problemas de salud de todo tipo.

      Además de lo que he vivido en mi vida personal, también he sido testigo de inmensos cambios políticos y sociológicos a nivel mundial. Vi el desprestigio de la era Obama y el paso a la era Trump. Contemplé la destrucción que el socialismo hizo en Venezuela. Protagonicé la más grande devaluación y una crónica inflación en mi país natal debido a sus pésimos gobiernos (recuerdo que cuando empecé la carrera podías comprarte un Subway completo por $5 pesos). Y también vi en tiempo real la desintegración y descrédito de instituciones como el periodismo, las ONGs, la ONU, la Unión Europea y múltiples organismos internacionales que habían sido tan respetados durante mi juventud. El mundo está sufriendo un cambio permanente que, en lo personal, pienso que sigue avanzando y que todavía está lejos de terminar.

      Ha sido una década de locura, de emociones negativas y de constante desequilibrio. Pero tengo la certeza de que la próxima década de mi vida -los odiados años 30-, serán muy diferentes en todo sentido. Ante todo, mi objetivo es conseguir lo que en mis 20s no tuve: estabilidad. Quiero cumplir una multitud de nuevas metas, desde las más superficiales a las más profundas: continuar publicando más libros, hacer nuevas amistades, hacerme más independiente y lograr la prosperidad. Deseo mejorar mi salud, rechazar los malos hábitos y continuar desarrollando mi pensamiento intelectual. 

      Cumplir 30 es un sentimiento agridulce. Una parte de mí anhela volver a protagonizar esa incertidumbre e inocencia de ser joven y “tener todo el futuro por delante”. Pero otra parte de mí -la más intensa en este momento- agradece que esta década haya quedado atrás y espera que mejores momentos me esperen en el futuro.

      En estos meses he vuelto a escuchar la música (y a las bandas) que amaba durante mi adolescencia. Estoy empezando a retomar muchas de las cosas que abandoné en el pasado. Ahora que la tormenta se está calmando y empiezo a tomar las riendas de mis propias decisiones, es hora de que descubra por mí mismo qué es lo que quiero y lo que no para mi propia vida. Y ése es un sentimiento liberador.



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