El Asilo (relato corto)

by - 08:00

el+asilo+rodrigo+eker
       Como pequeño regalo para Halloween, les comparto un relato oscuro que escribí hace unos años. Al igual que todos mis otros cuentos de terror, la mayoría de sus elementos son de carácter satírico. Está protagonizado por una mujer que se halla prisionera contra su voluntad en un infernal asilo psiquiátrico para damas de la alta sociedad que han cometido el peor de los pecados: desobedecer a un hombre.  
      En él, esencialmente, me burlo de la cultura machista del siglo XIX, de la incipiente patologización del sexo femenino durante la edad temprana de la psicología y de los abusos que se cometían en dichas instituciones. Todo lo que contiene, por supuesto, está exagerado al extremo, pero no por ello es menos terrorífico. Incluso le hago un guiño a Jane Austen y a todos esos novelistas que romantizaban la vida conyugal de los siglos XVIII y XIX en Europa e ignoraban de manera fehaciente los elementos más oscuros de la dinámica que la caracterizaba.
      Espero que sea de su agrado y que se animen a leerlo este 31 de octubre :)

“El Asilo” por Rodrigo Éker

      Laura tironeaba de los vendajes. Sus muñecas enrojecidas por la sangre y el sudor frío que corría por su frente aumentaban la febril excitación que la tuvo en vela durante la noche. Alrededor, oscuridad y después silencio. No faltaba mucho para el alba. Sus pensamientos alterados se perdían en encendidos colores que, afirmaban, eran inventos de su propia mente. La desolación del pasillo la ponía más y más nerviosa. ¿Dónde estaban los enfermeros? Ojalá regresaran. No, ojalá no. Porque esos individuos de blanco fantasmal, de manos frías y miradas impenetrables, esos que manoseaban, apretaban, golpeaban y retorcían cada vulnerabilidad de su cuerpo, era mejor que no se acercaran. El último que vino fue el responsable de las ataduras que la unían a la camilla. Ni una luz, ni una sola vela. El fuego de la chimenea se había extinguido. El ardor de la enfermedad la había privado de toda sensibilidad al frío. Y quizás era mejor así.
      Tres años. Tres largos, tortuosos y fatídicos años en aquella institución. Todas las noches eran noches de insomnio. Todos los días eran días de violencia. Laura ya conocía la rutina. Por las mañanas, el sacerdote leía las Sagradas Escrituras, instándole a que se arrepintiera de sus pecados y que confesara sus crímenes, mientras la hermana Elena le arrojaba el agua bendita sobre el rostro y a veces la obligaba a beber de ella. Cuando los llantos y los gritos incumplían, según ellos, con la buena voluntad de Dios, la madre superiora calentaba el crucifijo de acero y lo presionaba contra su frente, una y otra vez. Si la herida se infectaba, sangraba o empezaba a avioletarse, los enfermeros tenían el deber de curarla hasta que cicatrizara y estuviese lista para otra sesión.
      Al mediodía llegaba la sopa, esa que quebraba la voluntad de muchas reclusas. Rancia, sosa y a veces manchada con las heces de alguna rata traviesa que se introducía en el caldero de la cocinera, era el único paliativo temporal para el hambre que acompañaba la desesperación de las señoritas abandonadas por el mundo. La plaga se abastecía de las débiles, acabando con ellas. Y quizás, pensaba Laura, eran las más afortunadas.
      Por las tardes llegaba Juan, el enfermero. El aliento rancio con el que suspiraba sobre el oído de Laura y el resquicio de barba que rozaba sus mejillas eran el preludio perfecto para el falo ardiente que introducía entre sus piernas. A Juan le gustaba que ella gritara y eso hacía que acabara más rápido. Todos los enfermeros la elegían, porque era la más bella entre todas las mujeres y bendito era el fruto de su vientre, que había sido masacrado por la fuerza, quince veces consecutivas, por esos mismos hombres. Los fórceps e instrumentos de metal aún le provocaban pesadillas. Pero ahora su cuerpo era incapaz de florecer, porque su útero se había marchitado.
      La noche, finalmente, era para los gritos, las súplicas y las burlas que se unían en una sinfonía que servía como preludio para la locura.
      Sin embargo, esa noche era muda, a diferencia de otras. Las sombras se espesaban ante el acontecimiento que irremediablemente debía suceder. Laura continuaba tirando de las ataduras que oprimían su libertad, con la esperanza agazapada y el corazón acelerado. ¿Dónde se hallaban los enfermeros? ¿Dónde estaba Juan? El mundo daba vueltas en su cabeza. Las ramas del abeto que golpeaban el ventanal perturbaban esa calma tan extraña como irreal. Si los pronósticos eran ciertos, si las habladurías de Estela o Silvia –cargadas de risas nerviosas- estaban fundamentadas, esa sería la última noche que debería soportar todo el martirio. No quería rendirse al llanto. Se negaba a rezarle a su Dios, porque la había abandonado para siempre y sentía que se burlaba de ella.
      ¿Tan grave había sido su crimen? Por supuesto que sí. Lord Darcy lo sabía mejor que nadie. Él fue un hombre generoso. Él se había fijado en ella. Le había ofrecido su estancia, fortuna, cuidado y protección. Era un joven de buena familia que se había comportado correctamente con ella y todo lo que pedía a cambio era su mano en matrimonio y Laura había aceptado a regañadientes, presionada por mamá y papá.
      Por supuesto, no importaba que la vida conyugal hubiera devenido en un infiero. Esa es siempre una cuestión menor cuando hay mucho dinero. Y el dinero bastaba como justificación. La depresión, la bebida, el juego y el constante abuso físico y verbal de su reluciente marido estaban bien justificados en su cuantiosa fortuna. ¿Cuánto más puede esperar una mujer de un hombre que el capital para sostenerla? Sin embargo, Laura era caprichosa. Laura quería amor, tal era su ingratitud. Ella se respetaba a sí misma y las mujeres jamás deben respetarse a sí mismas cuando están casadas con un superior. Su decisión de abandonar a Lord Darcy constituyó un verdadero escándalo. Su familia se hundió en una humillación absoluta. El pueblito provinciano se horrorizó ante tal sacrilegio y le reprendió amargamente su oposición a las leyes naturales del matrimonio.
      No, Laura había pecado y tenía bien merecido su castigo. Semejante muestra de coraje solo podía ser producto de la locura y ella estaba loca. Y los pabellones psiquiátricos donde pululan las damiselas de alta fortuna que cometían tales transgresiones eran cada vez más comunes.
      El viento se llevaba los suspiros de la noche. Quizás el clima intentaba acompañar el sollozo de Laura. Una risa histérica resonaba lejos, al final del pasillo. ¿Vendría Juan a acariciarla, como tenía acostumbrado? Se había habituado a sus arrebatos y a su mal olor. Pero Juan no vendría a poseerla esta vez. Ya nadie vendría a poseerla. Sus piernas habían sido cerradas y los puntos de sutura que aquellos monstruos habían colocado entre ellas no le permitirían nunca más estar con otro hombre. “Te lo mereces por loca y por puta” le había dicho el cirujano sonriente mientras le hacía lamer su propia sangre de las manos enguantadas. Sin anestesia, a la vieja usanza. Ah, pero todo eso había quedado atrás.
      El pasado, el presente y el futuro se reducían a esperar en las sombras, en el lamento eterno de los truenos de tormenta. La noche transcurrió y, con las primeras luces, se extinguieron sus lágrimas. Los enfermeros llegaron al aparecer el alba y el destino de Laura pronto estaría sellado para siempre. El médico traía el frasco de éter y los enfermeros el martillo y el clavo. El éter era el regalo más dulce que nadie le había hecho jamás. Si todo salía bien, ella dejaría de ser Laura, se volvería dócil y estaría curada. Si no era así, habría que limpiar las sábanas para alguna otra paciente. Después de todo, no sería la primera.
      Se colocaron los barbijos y ella comenzó a jadear. El mundo daba vueltas. Uno de los hombres, sucios hombres, abrió el ventanal y dejó que la brisa invernal invadiera el cuarto. El médico miraba sin distracción a sus ojos vidriosos, deleitándose con el inaudito placer de torturarle el alma. Colocó el líquido en el lugar adecuado y el mundo desapareció. Laura dormía. Introdujeron el clavo entre la nariz y el ojo. Todo debía ser realizado con prolija precisión. Menos de una hora y la operación hubo concluido. Informaron a su señor esa misma tarde.
      Lord Darcy recibió la carta y se lamentó por su esposa. Estaba desayunando y la noticia, para desaliento de sus criados, le quitó definitivamente el apetito. Perder el apetito era toda una tragedia, algo por lo que vale la pena llorar. Recordó a su mujer. Laura se lo merecía: su manía e inhumanidad eran intolerables dentro de cualquier sociedad civilizada. El asilo se había encargado de ella de la mejor manera posible y siempre estaría agradecido por el servicio incondicional que le prestaron al tratar de curar y recuperar a su bella dama. Eso sería todo. No se molestó en responder a la misiva y tampoco se acercó a la institución. Ni siquiera cuando recibió la segunda carta instándole a que acudiera inmediatamente. Ni siquiera cuando llegó el doctor a otorgarle el parte de defunción. Ni siquiera cuando dejaron a Laura en el jardín del asilo, como a tantas otras, pudriéndose en la oscuridad.


Quizás también te interese:

0 comentarios