Terminemos con el mito del genio torturado

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      Hoy estoy un poco quejoso, pero quería discutir un mito que me viene molestando desde hace rato: el del “genio creativo” y su relación con las enfermedades mentales. La concepción altamente romantizada (muy característica del siglo XIX) del artista torturado, sufriendo por su arte, rechazado por el mundo pero eventualmente entregando su vida y salud para crear una obra maestra, ha plagado nuestra cultura popular occidental a lo largo de generaciones enteras.
      Gigantes como Miguel Ángel, Vincent Van Gogh, Lord Byron, Robert Schumann y muchos otros han sufrido de enfermedades mentales conocidas que han alterado sus procesos creativos. Dado que nadie ha podido aún identificar del todo de dónde proviene la creatividad, muchos han respondido a dicha pregunta con la idea del “genio creativo” y vinculado dicha creatividad con las enfermedades mentales. Lo cierto es que no hay nexo científico que unifique ambos elementos y, de hecho, hay cada vez más evidencia que demuestra que mientras más sana mentalmente se encuentra una persona, mejor será la producción y el resultado creativo de sus esfuerzos artísticos.
      Pero hay otro problema que se genera cuando relacionamos el esfuerzo creativo a las enfermedades mentales: la idea de que todo arte que vale la pena consumir surge de un lugar oscuro o es el resultado del sufrimiento. Y, en consecuencia, que el sacrificio del bienestar de un artista es justificable porque luego nosotros seremos beneficiarios directos de dicho sacrificio. En mi opinión, esta es una idea monstruosa que destruye la integridad, el autoestima y el valor de todo artista que se embarca en una misión creativa, además de constituir una noción sumamente parasítica.
      Es cierto que todo acto creativo es un acto individual. También es cierto que todo acto creativo requiere de una capacidad de concentración, esfuerzo físico y destreza mental invaluables. Pero considerar al arte como el resultado de una enfermedad o creer que mientras más torturada la persona, más útil es como artista, es negar la verdadera naturaleza del arte.
      Parte de esta caracterización surge del concepto mágico que tenemos del arte, potenciado por otros mitos igualmente dañinos como el del “talento innato” y las “ideas inherentes”, que nos hacen pensar que un artista es un ser místico que de la nada es capaz de crear obras maestras, simplemente porque no pudimos ver el proceso evolutivo que llevó a la concreción de su obra. Lo cierto es que escribir un libro, componer una pieza musical, pintar un cuadro o tallar una escultura son trabajos metódicos, técnicos y que requieren de una prolija orfebrería que se trabaja a lo largo del tiempo. Muy similar a la carpintería o la construcción de un edificio. Ninguna obra de arte que valga la pena contemplar surge de la improvisación o del vómito creativo. Todo artista se forma en la práctica, la repetición y la rutina, en el perfeccionamiento de sus habilidades y la consciente aplicación de las mismas a aquello que busca plasmar con sus propias manos. Este trabajo prolongado en el tiempo es lo que constituye el talento.
      Sufrir nunca es parte de la ecuación, o al menos no debería serlo. La idea de un artista torturado por su propio “genio” no es deseable ni romántica: es una idea inhumana y denigrante para todo aquel que se ha embarcado en la creación artística. Los grandes genios creativos del pasado no fueron grandes por haber tenido una enfermedad mental. Lo fueron a pesar de ella. Van Gogh no fue Van Gogh por haber tenido un brote psicótico donde se cortó la oreja, sino por su cuidada e intencional búsqueda de la experimentación con las formas y los colores. Schumann no fue un excelente músico por su esquizofrenia ni los acúfenos que lo perseguían hasta la locura, lo fue por haber comprendido el espíritu expresivo de la música alemana contemporánea. Lo mismo se puede decir de tantos grandes artistas inmortalizados tristemente gracias a sus padecimientos. Todos ellos fueron sujetos capaces de trazar un horizonte, trabajar duramente en dicha dirección, y alcanzar sus metas por encima de sus obstáculos físicos y mentales. No hay nada de malo en admirar y romantizar el extraordinario arte que crearon. Pero sí resulta problemático admirar y romantizar las enfermedades mentales que padecieron. Hacerlo es tomar una postura irracional, anti-humana e inmoral. Y el arte no está para ese tipo de cosas.
      ¿Qué opinan del mito del genio torturado? ¿También piensan que es momento de derribarlo? Déjenmelo en los comentarios.

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