El hombre (relato corto)

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      Para culminar mi Especial de Halloween, voy a hacer algo a lo que no estoy acostumbrado. He decidido publicar en mi blog un poco de ficción. Se trata de un relato corto que escribí hace siete años, para un compilado de cuentos de terror que planeaba titular "Relatos funerales". No sé si algún día seguiré adelante con dicho proyecto, pero eso no me impide regalarles este pequeño cuento que originalmente estaba incluido en dicha antología. Espero que les guste :)

El hombre

      Hay un hombre que me observa mientras duermo. Se halla siempre parado, inmóvil, a un lado de mi cama. Él piensa que no me doy cuenta, que soy incapaz de verlo, que mi respiración entrecortada me impide advertir su ausencia de sonidos. Se deleita ocultándose en la oscuridad. Solo aparece cuando apago las luces y ocasionalmente lo he visto iluminado por un tenue brillo de luna. Lleva un chaleco negro y pantalones de seda. Su semblante está oculto bajo un amplio sombrero de gala, demasiado grande para su cabeza. Su rostro carece de ojos, pero en negros agujeros se dibujan sus cuencas. Tanto su nariz como su boca son inexorablemente mudas, me he percatado de ello.
      Él observa y observa. Muchas veces me he cuestionado su propósito: ¿de dónde viene ese placer silencioso con que escruta mis maneras de dormir? A veces me he despertado en medio de la noche para encontrarme con la suave caricia de su mirada vacía. En más de una ocasión me he enojado con él y he intentado enfrentarlo. El muy cobarde huye apenas enciendo una lámpara. Una vez le arrojé un vaso de cristal en plena noche. Sus reflejos son rápidos, tanto como para dejar que el vaso rompiera el espejo a sus espaldas, el que había colocado junto a la puerta. Nunca lo he visto reflejado en él y tampoco quiero hacerlo. Hay momentos en los que decide salir de su inmovilidad y se pliega sobre de mí, colocando su cara a centímetros de la mía. Y por horas me observa, serio y frío. Yo también lo he escrutado en silencio, y el infinito plasmado en las órbitas negras de sus ojos tiene un efecto hipnótico en mí. A veces lo extraño y acabo despertándome para fundirme en meditaciones tácitas con él.
      Nuestra relación es muda y a veces impredecible. Sería capaz de jurar que vi la silueta de un cuchillo en su mano izquierda, hace dos noches. Una sonrisa muy sutil se dibuja en su rostro cuando lo acerca a mi cuello. Y el filo de la navaja reluciendo en la oscuridad me provoca un placer casi erótico. Las pocas veces en que he sido capaz de ganarle a mi insomnio, él ha aparecido en mis sueños, llamando a mi nombre. Y las inflexiones de su voz susurrada imitan el sonido de la brisa que mece las ramas del abeto que asoma por mi ventana.
      No le tengo miedo. He perdido toda noción de él. La última vez que sentí algo parecido fue cuando se puso a bailar, en un arrebato, por toda la habitación. Constantemente pienso que tiene algo importante para decirme, que su estancia a mi lado, noche tras noche, es un desesperado intento de comunicarse conmigo. Anoche acarició mis cabellos. Nunca había intentado algo similar. Y el tacto aterciopelado de sus dedos de cerámica también se posó sobre mis labios. Y los besé. Es un placer inusitado. Pero no quiso compartir la cama conmigo. Quién sabe el motivo de su temeroso recato.
      Esta noche lo tengo a mi lado. Estoy sentado en el borde de la ventana, batallando el vértigo de mirarme los pies mientras cuelgan del marco. Me ha entregado su cuchillo y lo he arrojado al vacío. Doce metros y sin rebotar en ninguna rama, simplemente cayó al pavimento y se desarmó en pedazos. Qué risa. El viento suave sobre mis mejillas es una delicia. Solo despego mis ojos de la calle que se extiende a un salto de distancia para dirigirlos a mi compañero. No deja de hacerme señas y de alentarme. Creo que estoy listo y que será muy entretenido. No deja de sonreírme, parece que quiere destornillarse de la risa. Es como un presentador anunciando el espectáculo de un circo que está a punto de comenzar. Jamás me he divertido tanto.

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