Soy un liberal clásico. ¿Qué significa eso?

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      Hace tiempo que vengo considerando hacer una entrada sobre política. Muchos de ustedes saben que no soy tímido –en absoluto- a la hora de expresar ideas e interpretaciones políticas en mi canal, pero nunca me he animado a hacer contenido específico acerca de mis ideas políticas. Sin embargo, dado que varios me han preguntado dónde exactamente estoy parado dentro del espectro de la filosofía política y cuál es mi visión del mundo, he decidido hablarles al respecto hoy. No me gusta ponerme rótulos ni etiquetas. Esto se debe a que no estoy al 100% de acuerdo con las ideas de ningún movimiento ideológico particular. Aún así, mis pensamientos caen dentro del ámbito de lo que suele llamarse “liberalismo clásico”. Pero, ¿qué significa este término?
      Denominamos liberalismo a un conjunto de ideologías políticas que aboga por las libertades civiles bajo el imperio de la ley, poniendo un énfasis especial en la libertad económica. Estas ideas se originaron durante la primera parte del siglo XIX como un derivado del pensamiento propio de la Ilustración que dio origen a la Revolución Industrial y la Revolución Científica. Tomando como referencia el racionalismo aristotélico que ya había impulsado el Renacimiento y la Revolución Francesa en Europa, el liberalismo clásico se aleja del tradicionalismo, la religión organizada y las teorías de poder absoluto que habían dominado a las sociedades occidentales hasta ese momento.
      La premisa básica que sostiene al liberalismo es que se debe asegurar la libertad del individuo limitando el poder del Gobierno. Inspirándose en la teoría de los derechos naturales (aquellos que no dependen de la ley o la cultura, sino que son innatos, universales e inalienables a cada ser humano y no pueden ser eliminados o restringidos por  voluntad de nadie), los liberales sostienen que la única función legítima de un gobierno es garantizar y proteger los derechos de sus ciudadanos. Estos derechos, que nacen con nosotros, no pueden ser violados, arrebatados, tomados en préstamo, ni sometidos a votación. Fundamentalmente son tres: vida, libertad y propiedad privada. El liberalismo sostiene que la única manera de proteger dichos derechos es minimizando o limitando severamente el tamaño del Estado. Dado que los derechos individuales únicamente pueden ser violados mediante el uso de la fuerza, y el Estado es el único dentro de una sociedad democrática que puede hacer uso de ella (por eso se considera que monopoliza la coacción física), el mismo tiene prohibido usar la fuerza bruta contra nadie y bajo ninguna excusa. Sólo puede hacerlo a modo de represalia, y sólo contra aquellos que inicien su uso (criminales, invasores, asesinos, etc). Por lo tanto, incrementar el poder y el tamaño del Estado implica sacrificar las libertades y los derechos de los ciudadanos. El liberalismo históricamente se ha opuesto a tales medidas.
      Este movimiento sostuvo desde un principio que todos los hombres nacemos iguales y, por lo tanto, debemos ser iguales ante la ley. En este sentido, el énfasis en la libertad individual dentro de una sociedad es un valor absoluto: libertad de expresión, pensamiento, asociación, tránsito, creencia, comercio, mercado y empresa. El capitalismo (entendido en su versión laissez-faire) es el sistema económico más apropiado –desde lo ético y lo práctico- para expresar los valores del liberalismo. Dichos valores fueron revolucionarios porque proponían una absoluta separación entre la Iglesia y el Estado y entre el Estado y la Economía. Esto logró la rápida secularización de las sociedades liberales occidentales del siglo XIX y le permitió a cada persona quedarse con el fruto de su trabajo –que anteriormente era confiscado por el Rey, el Señor Feudal, la Nobleza o el Clero mediante impuestos, tasas o deducciones coactivas-.
      Muchos pensadores defendieron las ideas del liberalismo durante los siglos XVIII y XIX: John Locke, Jean-Baptiste Say, Thomas Robert Malthus, Juan Bautista Alberdi, Fréderic Bastiat, John Stuart Mill y Thomas Jefferson. El primer economista en proponer un sistema económico capitalista fue Adam Smith en 1776 mediante la publicación de su más importante obra “La riqueza de las Naciones”. Sin embargo, ninguna de estas ideas pudieron ponerse totalmente en práctica dentro de Europa debido a la constante amenaza y luchas internas de los intereses imperiales, la nobleza, la Iglesia y las filosofías altruistas del momento. El Nuevo Mundo, en cambio, ofreció a quienes emigraban de aquellas tiranías la posibilidad de implementar estas teorías sin el peso de la censura o la persecución europea.
      El primer país que tuvo una constitución liberal desde su fundación fue los Estados Unidos de América. De hecho, en su Declaración de Independencia, aparecen las siguientes palabras: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; entre ellos la Vida, la Libertad y la búsqueda de la felicidad.” Este énfasis en el individualismo, la libertad del mercado y la idea de que cada ciudadano tenía derecho a la búsqueda de su propia felicidad (no la felicidad del Estado, la sociedad, el bien común o el bienestar colectivo, sino la felicidad de cada individuo) es lo que permitió que los Estados Unidos pasaran de ser una colonia inglesa de quinta categoría a transformarse en la primera superpotencia económica, política y militar del mundo en un breve período de 150 años. El influjo de millones de inmigrantes de todas partes del planeta que buscaban un refugio de las distintas tiranías también convirtió al país en un epicentro de libertades que luego dio lugar a lo que muchos historiadores llamaron el “Sueño Americano”: la idea de que cualquiera, sin importar su origen, podía prosperar y tener éxito en base a su esfuerzo, su mérito y su trabajo.
      Latinoamérica no estuvo exenta de esta fiebre liberal que se apoderó de Occidente. Las ideas liberales jugaron un rol central en las guerras de independencias sudamericanas (particularmente en la liberación de Argentina, Chile, Perú) y muchos presidentes democráticos se inspiraron en dichos principios. La República Argentina fue el primer país sudamericano en instaurar una Constitución Liberal en 1853, redactada por Juan Bautista Alberdi e inspirada en la Constitución de los Estados Unidos. Este nuevo respeto por las libertades individuales logró que -de 1853 a 1900- la Argentina se volviera el quinto país más próspero del mundo y, durante un breve período, lograra ser más rico que Australia, Canadá, Nueva Zelanda y Suecia. Tal prosperidad generó un influjo inmigratorio de extranjeros al país sureño, especialmente europeos, que venían a la Argentina para buscar que se les respetaran sus tres derechos fundamentales: vida, libertad y propiedad privada.
      A pesar del inceíble avance de los países capitalistas de la época, el progreso tecnológico de la Revolución Industrial, y el mejoramiento de la calidad de vida de las sociedades occidentales, a partir de 1905 Occidente empezó a alejarse de los valores liberales. Un renovado auge de la filosofía del altruismo (entendido como autosacrificio y renuncia a los intereses personales) y las ideas políticas del colectivismo pusieron en el ideario de la gente a "la sociedad", "el bien común”, "la patria” o "la nación" por encima de los derechos e intereses individuales. Esto dio origen a una nueva ola de regímenes que erosionarían sistemáticamente las democracias occidentales. Ideologías como el socialismo, el comunismo, el nazismo y el fascismo, o teorías económicas como el keynesianismo que justificaban el llamado “Estado de Bienestar” bregaban por empoderar al Estado por encima de sus ciudadanos. Eran corrientes de pensamiento que priorizaban los supuestos “derechos sociales” por encima de los derechos individuales. Dos guerras mundiales y una sucesión de crisis económicas después (incluida la de la Gran Depresión), empezaron a evidenciar la decadencia de los países occidentales y el fracaso de tales doctrinas.
      Debido a que muchos socialistas se referían a sus nuevas políticas redistributivas, hiper regulatorias y controladoras como “liberalismo social”, surgió la necesidad de emplear el término “liberalismo clásico” para separar a las viejas teorías del gobierno limitado de estas nuevas ideas estatistas. A lo largo del siglo XX, una nueva ola de pensadores empezó a revivir y a revalorizar las ideas del primer liberalismo, oponiéndose a toda expresión del estatismo que dominaba el campo intelectual. Entre ellos destacaron: Isabel Paterson, Rose Wilder Lane, Ayn Rand, Friedrich von Hayek, Ludwig von Mises, Henry Hazlitt, Milton Friedman,  Leonard Reed y Murray Rothbard. Todos ellos, cada uno con sus particularidades, impulsaron distintas corrientes de pensamiento liberal: el libertarianismo, el objetivismo, el anarcocapitalismo, etc. Estos nuevos intelectuales proponían acciones más agresivas contra el socialismo imperante y buscaban severamente reducir la intrusión de los gobiernos en las vidas de los ciudadanos. Gracias a la tarea sistemática de todos ellos, occidente empezó a dar un giro a partir de la década de los 80 hacia la construcción de sistemas menos redistributivos y más inspirados en el respeto por los derechos individuales. Esto influyó en el derrumbe de la Unión Soviética, la caída del muro de Berlín y la reversión de todos los programas económicos keynesianos en el Primer Mundo. No obstante, con la crisis financiera del 2008, las ideas liberales otra vez han ido cayendo en desuso para dar lugar, nuevamente, a modernos movimientos estatistas, populistas y socialistas que están creciendo en Europa y América Latina. Incluso en Estados Unidos con la llegada de Obama y Trump.
      Más allá de sintetizar la cuestión histórica, me gustaría aclarar que no sólo defiendo las libertades económicas, sino que también soy un firme defensor de las libertades civiles: el matrimonio gay, el aborto (entendido como derecho moral), la despenalización de las drogas (no solo de la marihuana, sino de todas las drogas), la derogación de leyes innecesarias y la completa secularización de la vida pública. Soy un fundamentalista de la libertad de expresión, la cual considero que no debe ser restringida por ninguna ley bajo ninguna circunstancia. También me opongo a las políticas de “discriminación positiva” (entiéndase: acción afirmativa, cuotas para minorías y regulaciones del ámbito laboral para colocar a unos por encima de los otros). Defiendo la libertad de empresa, el empleo privado y la desregulación y eliminación de impuestos en todos los ámbitos de la vida ciudadana. Creo en el mérito y el valor del individuo y pienso que es tiempo de que los latinoamericanos empecemos a defender la idea de empoderar a los individuos por encima del colectivo social, para regresar a los únicos sistemas que pueden generar prosperidad y sacarnos de siglos de pobreza y decadencia: la economía libre y el gobierno limitado.
      Hay mucho más para decir al respecto, pero creo que ya he aclarado suficiente como para que entiendan en dónde estoy parado dentro del espectro ideológico. No me considero libertario ni objetivista, pero sí caigo en el ámbito del liberalismo clásico. Defiendo el capitalismo laissez-faire, el Estado mínimo y la República liberal. Y creo en la libertad como un valor fundamental que está por encima de cualquier otro.
      Espero que les haya sido de alguna utilidad :)

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