Amistades masculinas en la literatura

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      La amistad entre varones ha sido un tema que siempre me ha interesado. Por razones personales, me siento atraído hacia aquellos libros que exploran este tipo de relaciones a fondo, sus complejidades y sus múltiples particularidades. Lo cierto es que disfruto leyendo acerca de todo tipo de amistades y vínculos, pero hay algo específico en la dinámica de las relaciones de amistad entre varones –especialmente su desarrollo a lo largo de distintos períodos históricos- que encuentro muy llamativo. 
      En la cultura occidental, el modo en que los amigos se vinculan entre sí ha ido evolucionando a lo largo del tiempo. Durante la antigüedad, particularmente en Grecia y Roma, los hombres consideraron a la amistad masculina como la más grata de las relaciones que una persona podía tener. Este tipo de amistad incluso era visto como más noble que el amor marital, debido a que se consideraba a las mujeres como seres inferiores a los hombres. El ideal de la amistad masculina de aquel entonces era lo que solía llamarse “amistad heroica”, un tipo de amistad entre dos hombres caracterizada por una intensidad emocional e intelectual que exigía un compromiso irrompible.
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      En tiempos más modernos, particularmente durante el siglo XIX, las amistades entre varones se caracterizaron por un acentuado sentimentalismo. Este rasgo estuvo influenciado por el espíritu de la Era Romántica y le otorgó a la fraternidad un fervor similar a las relaciones de pareja. No era fuera de lo común, en dicha época, encontrar correspondencia entre amigos con encabezados como “Mi encantador muchacho” o firmas acompañadas de un “Muy afectuosamente tuyo”. Incluso en las cartas personales de figuras como Theodore Roosevelt, Winston Churchill o el propio Percy Shelley hallamos un lenguaje sentimental que hoy lograría poner incomodos a la mayoría de los hombres. Tampoco era extraño, durante el siglo XIX y principios del XX, ver a dos mejores amigos tomados de las manos, colocando un brazo por encima de los hombros o compartiendo diversos gestos de afecto físico. No era considerado una afrenta contra la masculinidad ni se lo veía como una amenaza contra la heterosexualidad de ambos; ya que éstos últimos son, en gran parte, una construcción moderna. Tales tendencias pueden ser evidenciadas en las fotografías y daguerrotipos de la era victoriana y eduardina, donde encontraremos una multitud de retratos de mejores amigos abrazados, de las manos, sentados uno sobre el regazo del otro, o situaciones similares. Nada de esto se salía de la dinámica natural de las amistades del período.
      Hoy en día, la manera en que los hombres occidentales se relacionan entre sí ha cambiado sustancialmente. De por sí el concepto mismo de la masculinidad se ha renovado con el paso del tiempo. Numerosos cambios sociológicos e históricos explican dicha evolución –las guerras mundiales, la cultura militar, el paso de la educación separatista a las escuelas mixtas, la tipificación freudiana de la homosexualidad que volvió a la mayoría de los hombres reacios a demostrar muestras públicas de afecto, etc.-. Sin embargo, la correlación entre lo que sucedía en las distintas sociedades respecto de la amistad masculina y la manera en que los autores lo representaban en sus obras de ficción, continúa siendo un tema interesante para explorar. La literatura nos ofrece distintos modelos de referencia, cada uno centrándose en virtudes y defectos particulares que definen a las amistades masculinas. 
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      En primer lugar, cabe mencionar la amistad entre Aquiles y Patroclo, descripta en la Ilíada de Homero. Suele considerarse como el arquetipo de la “amistad heroica” de la antigüedad. Ante el desafío de la Guerra de Troya, Aquiles y Patroclo se embarcaron para participar de la aventura habiendo sido ambos amigos desde la infancia. Patroclo retó a Héctor a una batalla pero, desfavorecido por el dios Apolo, terminó perdiendo, siendo luego asesinado por la espada del propio Héctor. Cuando Aquiles se enteró de la noticia, lloró y se revolcó en el suelo de dolor, para luego levantarse, desafiar a los troyanos a la guerra y acabar derrotándolos. Finalmente, le dio muerte a Héctor, hijo mayor del general Príamo, vengando el asesinato y la memoria de su mejor amigo. En este poema épico, Homero resalta la valentía, la lealtad y la venganza como elementos fundamentales de la amistad entre ambos jóvenes.
      Otro autor que retrata a la amistad de un modo similar, también en tiempos de guerra, es J. R. R. Tolkien. Su obra maestra El Señor de los Anillos es un canto a las relaciones humanas en su multiplicidad de formas. Sin embargo, me gustaría centrarme en la amistad entre Frodo y Sam que, al igual que en el caso de Homero, resalta los valores de la valentía y la lealtad como elementos centrales de su relación. En este caso, se dan en un contexto poco usual, ya que ambos personajes no son soldados poderosos u omnipotentes, sino simples y torpes hobbits que deben moverse en un mundo aterrador que los supera más allá de su comprensión. A esto, y debido a su formación cristiana-católica, Tolkien añadió un concepto que él consideraba central en una amistad: el sacrificio. La idea de sacrificarlo todo, abandonar la vida misma que uno venía llevando para ayudar a los amigos a superar un obstáculo es uno de los temas centrales de la novela.
      Otro caso particular, de uno de mis libros favoritos, es el que aparece en Moby Dick de Herman Melville. La amistad entre Ismael y Queequeg aparece como epicentro del libro, porque exalta ante todo la virtud de la diversidad y la necesidad de integración. Ambos son heterogéneos en cuanto a sus orígenes étnicos, geográficos y culturales: uno es un joven americano de los suburbios costeros y el otro un indígena primitivo de las islas del pacífico. Sin embargo, una vez superado el shock inicial de su primer encuentro, terminan forjando una amistad que se extiende durante el resto de la novela, se impone sobre las diferencias culturales y tiene un fuerte peso simbólico.
      Una amistad similar entre jóvenes de trasfondos disímiles aparece en la novela Grandes Esperanzas de Charles Dickens. Pip es un joven huérfano criado por trabajadores pobres –luego ayudado por un benefactor anónimo- que establece una significativa hermandad con Herbert, un muchacho acomodado hijo de un importante comerciante británico. La relación empieza con una pelea de puños entre ambos y termina convirtiéndose en una fraternidad inquebrantable. El contraste entre las costumbres de los pobres con las de los ricos representa el espíritu victoriano de superación y muestra cómo ambos son capaces de aceptar sus diferencias y emprender una serie de proyectos en conjunto.
      Hay escritores que hacen de dicho contraste de orígenes o visiones del mundo uno de los puntos de exploración filosófica de sus historias. Un ejemplo muy claro es Demian de Herman Hesse, donde la amistad entre Emil y Demian representa la conexión entre el mundo de la ilusión y el mundo de la realidad espiritual. El autor emplea la amistad entre ambos protagonistas como un vehículo para analizar sus propios intereses filosóficos y espirituales. Otro libro donde aparece un artefacto similar es Reencuentro de Fred Uhlman. Hans y Konradin, los protagonistas del libro, se vuelven amigos durante la adolescencia, aún bajo el velo de la inocencia, tratando de ignorar los orígenes irreconciliables de sus familias: los padres de Hans son judíos y los de Konradin funcionarios y simpatizantes nazis.
      Por otro lado, el clásico de John Knowles, Una paz sólo nuestra, se centra en un rasgo distinto de la amistad: la envidia. Nos habla de la relación entre el narrador Gene y su amigo Phineas, el líder carismático y atlético de su clase. Motivado por una admiración que roza la obsesión, Gene termina provocando un accidente que acaba hiriendo físicamente a Phineas. La narración adquiere, entonces, una gran profundidad psicológica. Knowles utiliza esta amistad para explorar la confianza, la admiración, la ira y, sobre todo, la envidia: lo que verdaderamente significa desear la vida de otra persona.
      Otro ejemplo más reciente, en el ámbito de la literatura juvenil, lo tenemos en la saga de Harry Potter de J. K. Rowling. La amistad entre Ron y Harry es particularmente significativa porque se presenta en un contexto donde Ron le ofrece a Harry aquello que le ha sido privado durante toda su infancia: un hogar y un sentido de familia. La manera en que se relacionan entre sí, cómo atraviesan la pubertad y la adolescencia, cómo viven las distintas relaciones amorosas y cómo llegan finalmente a la adultez, son todos elementos que la autora trata de plasmar a modo de manifiesto sobre la amistad.
      Hay cientos de otros ejemplos para citar. El tema de la amistad entre varones es uno de los que más me interesan de las obras de ficción. La literatura nos ofrece modelos, ejemplos y puntos de reflexión que nos ayudan a enriquecernos como personas.
      ¿Cuáles son las amistades que más se han quedado con vos de alguna obra literaria? Dejamelo en los comentarios :)
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2 comentarios

  1. Me ha encantado este post. Es verdad todo lo que mencionas y me encanta ver la mención de Reencuentro de Fred Uhlman (que lo leí este año).

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    1. Me alegro de que te haya gustado :) Reencuentro me quedó un poco corto. Creo que de todas las amistades que mencioné aquí, la que más se quedó grabada en mi memoria fue la de Gene y Phineas de Una paz sólo nuestra. Un abrazo!

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