El día en que fui “El Principito”

by - 08:00

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      Hoy decidí tomarme un descanso de las cuestiones literarias y contarles una tonta historia de mi pasado que quizás pueda resultarles simpática. Algo que pocas personas saben de mí, ya que no he hablado demasiado al respecto en redes sociales, es que durante mis años de la secundaria muchos me decían “El Principito”. Lo mencioné anteriormente en mi video de 50 cosas extra sobre mí, pero hoy quiero relatarles la anécdota en su totalidad.
      Sucedió cuando tenía alrededor de catorce años. En esa época, iba a un colegio secundario de dependencia universitaria (uno de esos centros ñoños donde te enseñan a hablar francés y traducir textos del latín y del griego antiguo) y tenía intereses muy distintos a los actuales. Leía poco, estudiaba poco y ni siquiera había empezado a tocar el piano. Sin embargo, ya había despertado mi temprano interés por la música y escuchaba mucho rock y bandas metaleras (para más info al respecto, lean mi entrada titulada “Mi pasado metalero”). En esencia, me la pasaba escuchando bandas como Evanescence, Linkin Park, Nightwish, Sonata Arctica, Stratovarius, etc. Muchas veces me aparecía por los pasillos del colegio con mis remeras de rock y una actitud ruda (eran otras épocas, lo sé) rompiendo a la manera de un rebelde con el código de vestimenta. El uniforme que nos obligaban a llevar  era una remera blanca, un buzo azul y un pantalón de jean del mismo color. Sin embargo, ya hacia al final del curso se flexibilizaban dichas normas y nos permitían “romperlas” para llevar nuestras propias prendas de moda.
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Mi remera de fin de curso :P
      Hago este preludio como aclaración, porque si bien la alusión a la famosa obra literaria de Saint-Exupéry es obvia, mi apodo guarda muy poca relación con aquel pequeño relato infantil. A decir verdad, me avergüenza confesar que todavía no he leído “El Principito” y continúa estando en mi lista de pendietnes. Surgió, en cambio, como resultado de una confusión trivial que sí guarda cierta relación con el personaje del libro.
      Corría el año 2005. Nuestro colegio era un edificio circular cerrado de tres pisos, a la manera de un Coliseo, que contenía una enorme cantidad de cursos por año. En esa época, para que se den una idea de la magnitud de gente que cursaba allí, yo iba al 9no 15 (de veinte cursos en total). Básicamente, al entrar a ese colegio, te convertías en un número dentro de la multitud. Un día como cualquier otro decidí llevar al recreo una vieja remera de Nightwish con la tapa del disco “Wishmaster” –excelente disco, por cierto, si tienen oportunidad de escucharlo-. La imagen de la tapa consistía en un niño de rodillas frente a un pantano con las manos alzadas y agitadas hacia el cielo realizando una suerte de súplica. La imaginería del disco se relaciona con una de las baladas del álbum, titulada "Dead Boy's Poem". Una chica que cursaba conmigo me cruzó en el pasillo y, sin mediar saludo, himnotizada por la belleza de la imagen que llevaba en mi pecho, colocó ambas palmas en sus cachetes y dijo en el tono de exclamación más agudo y entusiasta posible: “¡Ay, qué tierno! ¡Tenés una remera del Principito!” Desde entonces, “Principito” se transformó en el sobrenombre que todos destinaron para mí. Se difundió como incendio, quemando boca tras boca y luego, llegado el fin de año, no había persona alguna que no me llamara de esa manera. Nunca me incomodó el apodo, y dentro de todo me gustaba.
      Pienso que los apodos y el modo en que nos llamamos entre nosotros guarda una enorme importancia debajo de la superficie. Siempre y cuando sean colocados con buena intención, demuestran de manera humorística un claro entendimiento de las cosas que distinguen a una persona del resto. En cierta medida, nos hacen sentir especiales. La razón por la cual el mío pegó y logró perdurar fue que se adaptaba perfectamente a algunas facetas de mi personalidad: mi intelectualismo, mi elocuente manera de hablar, cierto refinamiento que mostraba ante determinadas circunstancias. Durante uno o dos años de mi vida, mi identidad se redujo a la de “Principito”. Y, si bien jamás me molestó, tampoco me motivó lo suficiente como para leer la novela de Saint Exupéry. Sigue siendo uno de mis eternos pendientes.
      Hoy no queda nadie en mi vida que recuerde aquel apodo. Nadie me llama ya de esa manera. “El Principito” fue el producto de una época, una identidad que marcó un determinado período de mi pasado. Lo recuerdo con ternura y a veces con nostalgia, pero ante todo como una divertida anécdota de juventud. Y quería compartirla con ustedes.
      ¿Tuviste apodos en la secundaria? ¿En la primaria? ¿Hay alguno en particular que todavía lleves con vos en este momento? ¿Qué pensás de los apodos? ¿Has inventado uno para otra persona en el pasado? Me gustaría que me contaras en los comentarios :)

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2 comentarios

  1. Me encanta Rodrigo, es una anécdota super linda! A mi siempre me han llamado Nena y aun hoy lo hace la gente muy cercana. Es como me llamaba mi padre...
    En el instituto hubo una época que me llamaban 2 (las letras de mis iniciales) e incluso intentaron "Dignificación" para molestarme, como no lo consiguieron lo dejaron rápidamente.
    Me ha encantado la entrada, de hecho creo q te la voy a copiar para el blog!
    Besos

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    Respuestas
    1. Me alegro mucho de que te haya gustado ^.^ Dudaba sobre si escribir una entrada de estas características, pero suele divertirme mucho hacerlo :P Espero leer una similar en tu blog :) Un abrazo!!

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