Mi primera novela (que jamás publicaré)

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      Quienes sentimos pasión hacia la literatura y hacia el acto de escribir, solemos empezar a trabajar desde pequeños. Como con toda actividad que requiere del desarrollo de la destreza y las habilidades personales, la escritura necesita de constante práctica y evolución a lo largo de los años. Uno de mis sueños, desde que era niño, fue publicar una novela. Amo las novelas por encima de cualquier otro medio de ficción y siempre quise tener la posibilidad de terminar una. Sin embargo, escribir novelas no es para nada fácil. Requiere de muchísima disciplina, concentración y capacidad de integración de una enorme cantidad de materiales creativos. Sin un excelente sentido de la estructura, el tono, el ritmo y la homogeneidad, concretar una puede transformarse en una tarea imposible. La mayoría de los escritores tendemos a empezar y abandonar proyectos novelísticos con gran facilidad. A veces nos quedamos a mitad de camino, otras paramos cuando el trabajo ya está bastante avanzado, pero la mayoría de las veces lo dejamos cuando hemos escrito tan sólo unas pocas páginas. Hoy me gustaría contarles acerca de algunos de mis frustrados proyectos de novela de los últimos años.

      Cuando tenía doce años, inicié mi primer novela. Hoy podría considerarse una suerte de bizarro intento de historia juvenil. Lo poco que recuerdo de ella era que estaba muy influenciada por Harry Potter, sus protagonistas eran tres niños/adolescentes, y gran parte de la acción tenía lugar en una casa de árbol. Ya no tengo noción de qué se trataba la historia, pero sí tengo presente de que al menos un compañero de escuela mío leyó parte de ese manuscrito que abandoné antes de llegar al quinto capítulo. Ni qué decir de lo horriblemente mal escrito que estaba. Muerto y enterrado quedó.
      Mi segundo gran intento, años después, estuvo más influido por la novela gótica y la ficción sobrenatural –lo empecé en una época en que leía mucha literatura de vampiros-. Era una narración que abarcaba los 200 años de vida de un personaje que obtenía el don de la inmortalidad por medio de la brujería y tenía que vivir con todas las implicaciones psicológicas, filosóficas y emocionales de su propia longevidad. En algunos pasajes se nota la influencia de Lestat el vampiro de Anne Rice y, en verdad, lo empecé con intenciones muy ambiciosas. Si mal no recuerdo, la narración tenía lugar en la ciudad de París durante la época previa a la Revolución Francesa. Estuve medio año trabajando en ella y creo que la abandoné con sólo un 25% del trabajo completado. La excusa que me puse a mí mismo en ese momento fue que era un escrito demasiado épico para concretarlo con tan poca experiencia, pero en realidad ya hacía tiempo que había perdido las ganas de continuarla. Aún conservo el primer capítulo y hay pequeños fragmentos que todavía me gusta cómo están escritos. Pero fue otro trabajo descartado.
      A lo largo del tiempo, he ido avanzando con numerosos proyectos, muchos casi hasta culminarlos, pero todos abandonados por diferentes razones. El último gran intento que tuve, ya con 20 años –y de hecho el que le da título a esta entrada-, fue la primera novela que casi podría considerar terminada de mi producción literaria. El título temporario que usé –y el que finalmente le quedó- fue “Los imposibles”. Era una épica historia costumbrista ambientada entre 1917 y 1928 en Rusia y Argentina. Los protagonistas eran dos jóvenes rusos –uno descendiente de una familia aristocrática zarista que fue desheredado y echado a la calle luego de atacar a su propia hermana- que se veían obligados a trabajar en una estación de ferrocarriles en San Petersburgo en medio del tumultuoso proceso de la Revolución Comunista. Luego de que los bolcheviques se hicieran con el poder –lo cual desató la Guerra Civil- y ambos quedaran implicados en un asesinato no intencional, zarpaban en un barco que finalmente hacía puerto en la Buenos Aires liberal de principios de siglo XX. Allí la historia se transformaba en un híbrido entre trama romántica –con una joven porteña cantante lírica- y novela de suspense –con el desquiciado violinista que se había obsesionado con dicha joven- en lo cual, por supuesto, quedaban involucrados estos dos jóvenes rusos.
      Si la idea les resulta convulsa y compleja, tengan en cuenta que el manuscrito original supera las 450 páginas y tiene numerosos y bruscos giros de trama. Demoré un año y medio en escribirlo y lo abandoné llegando al final del último capítulo. Hoy lo considero el primer borrador realmente terminado de novela que he escrito. Si se preguntan por qué abandoné el proyecto, hay dos razones principales: en primer lugar, la prosa inmadura tiene muchos errores y hay partes –sobre todo diálogos y descripciones- que están muy mal escritos; en segundo lugar, la historia no funciona en absoluto. El ritmo es increíblemente irregular, el comportamiento de los personajes es ridículo y exagerado, escenas completas rozan el melodrama y hay numerosos pasajes de relleno. Algunos están pincelados de Dostoievsky y otros de novela gótica inglesa, pero a la mayoría le falta demasiada maduración. Yo podría -como debe hacerse con toda obra literaria- reescribirla y pulirla hasta darle forma coherente y aceptable, pero hay tantos problemas elementales de causa-consecuencia en la historia de base que si quisiera hacerlo debería suprimir y reescribir el 70% de la novela. Y no lo considero un esfuerzo que valga la pena a estas alturas. Incluso intenté hacerlo hace unos años y escribí una nueva versión –con el mismo comienzo y los mismos personajes- que abandoné casi a la mitad porque tampoco estaba funcionando. Finalmente quedó sepultada.
      Dicho todo esto, escribir “Los imposibles” fue una experiencia muy reveladora para mi vida como escritor. Aprendí muchas lecciones de composición, edición y acto creativo que se han quedado conmigo desde entonces. Mi formación académica musical también me ayudó a mirar la escritura con nuevos ojos, porque las mismas herramientas de estructuración musical que usaba para la facultad podía extrapolarlas para la creación de mis novelas. Mi prosa maduró mucho desde entonces y he obtenido la confianza y la fortaleza necesaria para saber que seré capaz de terminar todos los proyectos que me proponga en el futuro.
     Siempre dije que todo buen escritor tiene el deber de leer mucho y escribir mucho. La lectura te ayuda a ver qué funciona y qué no en la obra de otros, pero la escritura te abre los ojos hacia el cómo lograrlo y cuáles son tus propias limitaciones a superar. Mis mayores problemas siempre han involucrado la construcción de la trama y la evolución del ritmo. En esos dos aspectos he trabajado mucho en los últimos años.
      Me complace informarles que, en este mismo momento, estoy en los momentos finales del primer borrador del manuscrito de una nueva novela. Es muy temprano para revelar de qué se trata, pero hay mucha influencia de la ficción literaria, Jonathan Franzen y Virginia Woolf. Si tengo suerte, antes de que llegue el otoño tendré culminado el primer borrador y podré empezar a pulirla y trabajarla en detalle para su publicación. Estoy muy contento con el resultado de mi trabajo, he puesto muchas de mis experiencias personales en esta historia, y estoy convencido de que será mi primera gran novela terminada.

      ¿Han intentado alguna vez escribir una novela o un relato literario? ¿Cómo les ha ido? ¿Qué es lo que más les ha costado? ¿Cómo han vivido dicho proceso y qué han aprendido de él? Déjenmelo en los comentarios :)

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