¿Escribir cartas ha muerto?

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   Cuando era niño, cerca de los diez u once años, allá cuando el internet casi no existía y los celulares de plástico de cotillón eran sólo para un grupo de ejecutivos acaudalados, el arte de escribir cartas había ya comenzado su irredimible camino hacia el desvanecimiento. Algunos piensan que es un arte perdido. Otros tratan de reclamarlo y modernizarlo. Unos cuantos juran por su futura resurrección. Me parece interesante reflexionar sobre este tema y contarles algunas de mis experiencias personales.


Memorias de la niñez 


   En la época en que yo asistía al colegio primario todavía podíamos verlo en las películas de Hollywood: dos amantes contrabandeando sobres arrugados con improvisados y nerviosos mensajes de amor, dos amigos viviendo a kilómetros de distancia poniéndose al día mediante elaborada correspondencia o incluso cartas amenazantes de psicópatas obsesivos (por qué no) que se iban a raptar a la protagonista. El común de todas estas imágenes consistía en la réplica –modernizada con papeles rimbombantes y lapiceras de último modelo- de una tradición milenaria: el arte de comunicarse a través de la palabra manuscrita.
   A mi tierna edad, tuve un compañero del colegio con el cual me hice muy amigo. Por instinto, y casi sin razón alguna, adquirimos el hábito de escribirnos cartas. No era un acto usual ni demasiado periódico. Generalmente se daba para cumpleaños y fechas especiales. Muchas de esas misivas se componían de collages de imágenes o dibujos infantiles mal trazados en tinta negra. Sin embargo, llegó a convertirse en una suerte de tradición entre nosotros. Eventualmente, perdimos el contacto (vete tú a saber qué estará haciendo por estos días). No obstante, fue mi primer acercamiento al arte de la comunicación epistolar y pude darme cuenta muy tempranamente del peso emocional, temporal y detallista que se necesita para escribir una pequeña carta.
   Los años pasaron. Aún me encontraba en el colegio primario. Un profesor de Lengua y Literatura que daba clases en dos escuelas de distinta geografía y clase social, nos había propuesto la tarea de organizar un ciclo de correspondencia ciega entre ambos grupos de alumnos. La consigna era la siguiente: escribir una carta de presentación a una persona desconocida. Teníamos que incluir un saludo, nuestro nombre, edad, pasatiempos y cosas que esperábamos del intercambio. Un mes después llegaron las respuestas. Recuerdo que la que estaba destinada a mí, como contestación, era de un niño de cuarto grado que le había llamado la atención mi presentación. Estaba trazada en una letra indescifrable y con una multitud de errores de ortografía. Lo que más se me ha quedado grabado de aquel mensaje, fue que el muchacho en cuestión me decía que le encantaba la noche y la luz de la luna por el modo en que “iluminaba y se reflejaba en los huesos”. Como salido de una peli de terror.

Un nuevo milenio 


   Con el paso del tiempo y el descubrimiento de esa cosa singular y curiosa que era el Internet, llegó el auge del correo electrónico -para las almas jóvenes de las nuevas generaciones que no vivieron la transición, déjenme decirles que para nosotros fue un evento extravagante e insólito. Una de las razones por las cuales The Blair Witch Project pudo hacer marketing viral como si se tratase de un acontecimiento verídico y todos nos lo creímos fue porque aparecía en esta cosa extraordinaria e informativa que se llamaba Internet-.
   Mi primera casilla de email fue un correo compartido con dos compañeros del colegio secundario que estaban tan fascinados como yo por las potencialidades de la plataforma. Si mal no recuerdo, llevaba las iniciales de cada uno de nosotros como nombre de usuario.
   Eventualmente, el Internet se normalizó, pero no sin cierta resistencia. A pesar de los viruses salidos de leyendas urbanas, los anuncios de Príncipes Nigerianos regalando su fortuna o los videos de gatos (sí, estuvieron allí desde el principio), la Red constituyó una de las mayores transformaciones en los hábitos del ciudadano común en muchas décadas. Ya no era necesario pasarse horas dibujando caracteres en el papel, pues con sólo tipear unas teclas en pocos minutos ya estaba redactado el mensaje. No hacía falta ponerte a sellar sobres, buscar estampillas ni esperar la eterna demora del servicio de correos: un click y tu mensaje se entregaba de manera inmediata. Incluso tenías la posibilidad de agregar imágenes y, posteriormente, videos.
   Con el auge del correo, la escritura de cartas a mano disminuyó substancialmente. Quedaba reservada únicamente para los amantes ñoños y las amigas pre-adolescentes. Llegó un punto en el cual la epístola, como la conocíamos entonces, se había vuelto impráctica y poco gratificante. Hasta en los escasos momentos en que era necesario escribir una carta, la preferencia era redactarla en Word e imprimirla. En ningún momento la tinta manual sobre el papel.
   Al explotar las redes sociales -Facebook, Twitter, Myspace y también el difunto MSN Messenger- incluso los amantes y las adolescentes prefirieron una comunicación más directa. La creciente ocupación y fugacidad de la era de las comunicaciones hicieron imposible reservarse el tiempo para redactar cuidadosamente una misiva. Se volvió un acto incómodo, recóndito, perdido en las mareas del tiempo, que acababa siendo poco recompensante cuando el receptor, extrañadísimo de que alguien todavía escribiera cartas a mano, recibía un sobre sellado de contenido personal.
   La transacción se transformó en una suerte de intercambio de fósiles.

Una era de nostalgia


   Existe una realidad que debemos admitir: vivimos en una era nostálgica. Desde la proliferación de la cultura hipster, a la popularización del estilo vintage, pasando por la moda pin-up y la música de nuestros padres o abuelos, la segunda década de los 2000 está marcada por una necesidad inconsciente de regresar al pasado.
   La vemos por doquier. Desde la resurrección de las estéticas que se creyeron muertas y enterradas (Art Deco, Art Noveau, Minimalismo, Arts and Craft y un larguísimo etcétera), pasando por la fiebre obsesiva de las remakes literarias o cinematográficas, llegando a la idea de volver a emplear máquinas de escribir y teléfonos antiguos. Las nuevas tecnologías compiten, codo a codo, con la necesidad de muchos de recuperar una era en la que –piensan- las cosas eran más simples y todo iba mejor.
   Esto no es nada nuevo. Cuando se dio la Revolución Industrial, la gente empezó a idealizar la vieja vida campesina. Durante la locura de los automóviles, la gente miraba con nostalgia los largos paseos en carreta por el parque y los bosques. Cuando se dio el temprano boom del teléfono, las películas de Hollywood llenaban los cinematógrafos con personajes que aún confiaban en sus olvidados telégrafos.
   Si tuviera que definir la nostalgia de nuestros tiempos, diría que se ubica en dos grandes épocas: los años ’20 y la transición entre los ’40 y los ’50. Hay muchas razones para ello.
   Los años 20 fueron el pináculo de la estabilidad Occidental. La era industrial estaba bien asimilada, la inmensa prosperidad económica del capitalismo se hallaba en pleno auge y las nuevas tecnologías prometían un futuro esperanzador. La cultura también iba en ascenso. Esa curiosidad llamada cine mudo explotaba en popularidad, las mujeres adoptaban hábitos y estilos modernistas y las vanguardias artísticas empezaban a dar sus primeros pasos.
   El segundo período no es menor: los ’40 y ’50 marcaron el fin de los horrores de la guerra, el nuevo orden mundial, una nueva ola de prosperidad para Occidente y la introducción de una infinidad de comodidades -el horno, los electrodomésticos, la comida rápida, etc.- que hicieron de la vida cotidiana algo más interesante y lleno de pequeños lujos accesibles para el ciudadano común.
   No me resulta extraño, entonces, que en plena era de crisis económica, libertades menguantes y amenazas de arriba y abajo al estilo de vida occidental, nos concentremos tanto en recuperar pequeñas porciones de ese pasado, lo cual incluye, por supuesto, la escritura de cartas. No es más que una respuesta típicamente humana a una época difícil.

Mi veredicto


   Escribir cartas no ha muerto. Se halla más vivo que nunca. De hecho, es un arte en constante crecimiento. Lo vemos, no ya como un método de comunicación cotidiano, sino como una manera de tener un gesto especial, personal, profundo y cargado de cierto tinte emocional. Hoy las personas sólo escriben a mano para sus seres queridos, amigos, o a quienes guardan una estima especial.
   Poner el trabajo y la dedicación que una carta requiere, en una era tan bombardeada de información como la nuestra, es un lujo y un privilegio. No todos están preparados para escribir cartas. Ni todos, mucho menos, están acostumbrados a recibirlas. Sin embargo, puede ser una actividad estimulante entre dos personas y trae aparejados ciertos beneficios: practicar la caligrafía, incitar la creatividad, reflexionar sobre las relaciones personales, etc.
   Pienso que, en el futuro, veremos una tendencia cada vez más grande hacia este milenario arte, ya que muchos están empezando a saturarse del constante bombardeo digital y las pantallas luminosas. ¿Quién sabe? Que un hábito haya cambiado de función, no significa que esté desvanecido, sino simplemente que vive y respira en ámbitos distintos.
   En lo personal, amo ambas formas de comunicación. Adoro las nuevas tecnologías –las utilizo a diario y creo que son herramientas altamente democratizadoras- pero también aprecio la tinta y el papel.

   Ustedes, ¿han escrito alguna carta a mano últimamente? ¿Con qué propósito? Háganmelo saber en los comentarios :)

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4 comentarios

  1. Concuerdo contigo. No es un arte que se haya perdido, simplemente cambió la manera en que lo empleamos: utilizamos las opciones más rápidas para mensajes por lo general cortos y muchas veces banales, para comunicar cosas que precisan ser conocidas en el momento. Pero las cartas las usamos para demostrar aprecio y atención a personas importantes. A mi me encantan las cartas y procuro utilizarlas en momentos especiales.

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    1. Totalmente. A mi me encanta escribirlas a mano y con una linda caligrafía :) Saludos!!

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  2. Me encantó! Recuerdo que en el cole, para navidades, jugábamos al "amigo secreto" nadie sabia nada de su amigo secreto hasta la fecha fijada pero si recibías cartas de tu amigo, muchas de ellas con dibujos o golosinas. Después de eso no he recibido una carta de alguien. Pero a mi me encanta hacerlas, además mi letra es bella, hasta hace poco a un amigo le envíe unos libros y le escribí un testamento... el maldito nunca me respondió... Lo odio :D pero soy buena.

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    1. Me alegro de que te haya gustado! ^_^ Aquí también se jugaba al amigo secreto, pero nadie quería jugar conmigo porque nadie me quería :'( jajajajajaj A mí me encanta escribir a mano y practicar la caligrafía también :) Saludos!!

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